Hijo de Urano

Hay algo que siempre se escabulle más rápido que una anguila entre las manos. Viene y se va, lento o fugaz. Se aleja y no regresa. Nadie conoce su naturaleza. No es aire ni es gas. No lo puedes atrapar, y aunque es el mismo para todos, cada uno tiene el suyo propio.

      El mío se coló entre el óvulo de mi madre y el espermatozoide de mi padre el día de mi concepción. Crecimos juntos en el paraíso fetal. Yo me sentía feliz de tener compañía. Pero él sólo me miraba y sonreía con ironía. Tras la expulsión, cambiamos de equipo, yo empecé a sumar y él a restar.

      Durante mi infancia él ya manifestaba sus poderes y exigencias conmigo. Aparecía en el cuerpo de mi abuela obligándome a masticar más deprisa. Por las mañanas, en el de mi madre, que me susurraba primero y gritaba después “levántate ya, que llegamos tarde”. Por las noches poseía a mi padre cuando me mandaba a la cama en el momento más interesante. Apar3f9424594cc2332e9b035666288c99f9ecía en la hora del patio dando la campanada de fin del recreo. Todas las tardes en el parque, y los domingos jugando con el Scalextric de mis primos. Cuando él se presentaba, ya podíamos pinchar los globos porque la fiesta  había terminado.

   Fue mi fiel compañero adolescente, aunque no muy buen amigo. Para hacerle justicia, reconoceré que pasamos juntos algunos buenos instantes, en las fiestas del instituto, en el fútbol o en la discoteca, pero me falló cuando más lo necesitaba, aquel penoso día en la cama de Ana.

      Se matriculó conmigo en Económicas y apretó, con tanta asfixia mi horario que, acabé la tesis con matrícula de honor, además de aprender cosas tan útiles cómo llegar al campus saltándome los semáforos en rojo, resolver los problemas de mates en el lavabo, comerme un sándwich mientras me quito los zapatos y otras prácticas acrobacias. En la orla debieron poner su foto y no la mía.

Me acompañó a mi primer trabajo, alentando la impaciencia de mi jefe. Asistió a mi boda y al nacimiento de mi hijo. En estos dos últimos episodios se mostró algo más perezoso, pero tampoco demasiado. Supongo que fue una broma para ponerme nervioso. Desde entonces se ha tornado, si cabe, más cruel conmigo, pocas veces aliado y muchas, enemigo.

      Una noche, paseamos juntos al perro. Yo miraba las estrellas, rogando una tregua a mi perverso gemelo. Y entonces se alzó su voz: “¿Con quién hablas? ¿Te parece que estoy aquí? Porque si lo piensas bien, no existo. No puedes detenerme, ni pedirme que vaya más lento. Disfruto escapándome con tu vida entre mis dedos. Nunca cuentes conmigo, pero hasta el fin de tus días iré contigo. Si me ignoras, me reconocerás cuando te mires al espejo. Soy una paradoja, la pesada cadena que mantiene a los hombres prisioneros. No hay tregua posible, compañero, si no te gusta tu suerte, haberte pedido muerte”. El soniquete de sus palabras se me clavó en el hígado. ¡Qué acidez en el estómago!

       Ahora acepto su fantasmal existencia con resignación. Dicen que le veré en mi último suspiro con una capa negra y una hoz en la mano, como corresponde al despiadado hijo de Urano, pero yo estoy seguro de que aparecerá con traje de Dior y un reloj suizo, que son los de mayor precisión.