Reminiscencia

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Subieron al coche, grabaron su destino en el GPS y emprendieron el viaje. De esta manera, Javier y Diana empezaban sus vacaciones de Semana Santa. Un merecido descanso para Diana, que se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo en el hospital. Para Javier, una nueva oportunidad para consolidar la relación entre ambos.  
 
-Daniel nos ha invitado por su cumpleaños a pasar el fin de semana en su casa de la costa –informó Javier, bajando el volumen de la música.

-¡Estupendo! Otra ocasión para relajarse y pasarlo bien –respondió Diana.

-No estoy seguro de querer ir. Es una escapada de parejas.

-Nosotros también somos una pareja.

-Que no pueden vivir juntos –remató Javier en tono sarcástico.

-No vuelvas otra vez con lo mismo. Ya lo hemos hablado. A mí me gusta vivir sola. Además, mira qué clase de vida llevo. ¿Para qué serviría complicárnosla más? Ya pasamos algunos fines de semana juntos y las vacaciones, ¿qué más quieres?

-Compromiso. Sólo soy tu opción de tiempo libre. No conozco a tu familia ni a tus amigos. Sólo vienes y te vas, cuando te apetece. Y yo siempre estoy aquí.

-No me presiones, por favor. Dame tiempo. Quiero cambiar de ritmo, pero aún no estoy preparada.

Diana subió de nuevo el volumen del equipo de música y se hizo el silencio entre ambos. Unos kilómetros después volvió a hablar.

-¿Paramos a tomar algo? Y después, si quieres, conduzco yo.

-De acuerdo, en el próximo pueblo –contestó Javier.

Sentados en la barra del pub, dieron un vistazo a unos folletos turísticos que encontraron a la entrada. A Diana la foto del Castillo de Blarny le resultó familiar, la observó durante unos instantes y propuso hacer una visita. La camarera les indicó por dónde debían comenzar su excursión, advirtiéndoles que si no se daban prisa, lo encontrarían cerrado.Dos calles más abajo, salieron del pueblo y se adentraron en un bonito sendero que atravesaba el bosque.

-Este lugar me parece entrañable, es como si ya lo conociese. Debo haberlo soñado -comentó Diana con voz nerviosa- ¡Um! ¡Qué bien huele! me evoca mi niñez –continuó diciendo mientras aspiraba profundamente.

El sonido de las hojas, el canto de los pájaros y el aroma de las plantas pusieron a Diana en éxtasis. Sintió ganas de llorar de emoción. Pero se contuvo.

-Estás disfrutando. –soltó Javier, que sabía del placer que el contacto con la naturaleza le producía, mientras hacía algunas fotos.

-Este lugar es maravilloso. Me encanta. Podría vivir aquí para siempre –respondió Diana.

Un buen rato después divisaron un claro en el bosque. A Diana empezó a palpitarle el corazón con tal intensidad que casi se sentía mareada. Al final del sendero se alzaba el castillo. Lo contemplaron unos minutos, y ella comenzó a hiperventilar.

-¿Qué te pasa, te encuentras mal? –preguntó Javier.

-No sé qué me pasa, me estoy mareando, tengo taquicardia. Estoy muy angustiada, quiero salir de aquí. Me duele el pecho.

-Tienes un ataque de ansiedad. Vuelves a estar estresada.

-No, qué va. Sólo quiero irme. Haz las fotos y nos marchamos, por favor.

* * *

¿La has visto? Ha pasado por nuestro lado y no nos ha saludado. No nos habrá reconocido. Hace mucho tiempo que se marchó. Ya somos árboles viejos y estamos algo estropeados, seguro que no nos ha reconocido, porque ella nunca se olvidaría de nosotros. ¡Cómo echo de menos sus cantos y sus abrazos! ¿Crees que habrá vuelto para quedarse? Después de lo que le hicieron en el castillo… ¡Uf! ¿Recuerdas como se oscureció el cielo durante tres días? El bosque se quedó en silencio y todos nosotros mudos de tristeza. ¡Pobrecillos el ciervo y el halcón! No soportaron vivir sin ella y murieron de añoranza. ¡Ay, qué tragedia! No quiero recordarlo. Daphne era más que una amiga. Ella nos curaba las heridas con sus hierbas. Yo creo que los de la aldea también echaron de menos sus remedios. ¡Es que sus manos eran mágicas! Si esa bruja del castillo no se hubiese obsesionado con ella, el conde no la habría secuestrado. ¡Qué necio! Mira que intentar casarse con ella por la fuerza. Si aún la hubiese cortejado como a una princesa… ¡Miserable! Nosotros también hubiésemos preferido morir antes que abandonar el bosque. ¡Menos mal que se hizo justicia! Porque la vieja murió retorciéndose de dolor y el hijo se volvió loco. Aunque para mí, es menos de lo que se merecían. ¿Verdad que tengo razón? Pero ¿por qué habrá ido hasta el castillo? Y ¿quién era ese que le acompañaba?

* * *

Llegaron de nuevo al pub y Javier pidió una habitación para dormir. Diana tomó un té y se metió en la cama. Javier bajó a cenar.

-¿Su esposa no se encuentra bien? –preguntó la camarera.

-No, durante el paseo se ha sentido indispuesta. Hemos llegado hasta el castillo pero no lo hemos visitado –explicó Javier.

-¿Está embarazada?

-No, sólo está agotada. Necesita relajarse un poco.

-Bueno, no se preocupen por la visita al castillo –añadió la camarera-, por dentro es un poco siniestro y está medio en ruinas. La única zona en buen estado es una sala en la que dicen que asesinaron a una curandera que vivió en el bosque hace unos 300 años. Se conserva la lanza que le atravesó el corazón y algunos muebles del dormitorio donde se encerró hasta morir el conde que vivía en él. Dicen que se volvió loco. Como verá, la leyenda es un tanto oscura. Lo más agradable es el paseo que lleva hasta allí. El bosque y el sendero junto al río están muy bien conservados.

-Sí lo hemos visto –confirmó Javier.

Javier cenó y cuando subió al dormitorio ella ya se había dormido. Por la mañana se levantaron y continuaron su viaje como si nada hubiese pasado.