Un minuto de placer. Emoción para todo el día.

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Contemplo mi espacio y todo parece en perfecta armonía. Una estampa de serenidad y buen gusto.

El tiempo se detiene como en una foto antigua, en la que se observa el pasado desde un futuro lejano.

Mi cuerpo se integra como un recortable más en este álbum de postales del bienestar.

Mientras yo me evado.

Me elevo como humo, a otra parte, con el universo por techo, galaxias y estrellas entre mis brazos, que me reciben con su guiño de luz.

Efímero placer ingrávido.

Etéreo estado al que solo puedo abandonarme. Horizonte sin control, renegado de temor, pleno de incertidumbre.

El suelo se aleja tanto de mis pies que tensa la línea de vida. Unos cuantos tirones en el estómago y desciendo en picado, desinflándome como un globo exhausto.

Aterrizaje forzoso, en mi cama, desde dónde todo vuelve a mostrarse en perfecta armonía y serenidad.

caminamos

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caminamos en la cuerda floja
no es un deseo
sino una necesidad
la necesidad de atravesar el vacío del día a día
para alcanzar la plenitud del espíritu
silenciar al ego y dejarnos mecer por el viento

caminamos con el precipicio bajo nuestros pies
nadie nos acompaña
sólo unos pocos nos atrevemos a traspasar
la nube oscura que envuelve la realidad
a mirar más allá de los reflejos de la caverna
buscando la poesía que la rutina desplomó

caminamos por eso
no paramos de caminar
sorteando las piedras que lanzan a nuestro paso
sufriendo la intemperie y el desamor

caminamos seguros de encontrarnos
tarde o temprano
reconocernos y abrazarnos

caminamos cada uno por su lado
pero podemos darnos la mano
mirarnos a los ojos y saltar al vacío
sabiendo que en ese salto de fe
la distancia será más corta si nos apoyamos

caminemos a través del arte
de la naturaleza
del sentimiento íntimo y del amor
recuperemos el elixir de la rima
y las notas musicales que un día alguien silenció

anímate amado amigo
desde el otro lado del abismo
te tiendo mi mano
y te abro mi corazón

Los buenos y los malos

Max y yo jugábamos juntos desde que tuvimos edad para hacerlo. En aquella época, mis juguetes consistían en alguna muñeca rígida con pelo de estropajo, a la que siempre se le salía el brazo o la pierna de su sitio; bastantes cuentos, porque ya mostraba indicios de mi futura adicción a la lectura; algunos cacharritos de cocina, para jugar a papás y a mamás; y varios instrumentos de botiquín, para jugar a médicos y enfermeras. Éstos últimos eran juguetes que no me hacían especial ilusión, excepto una nevera con luz que me regaló el novio de mi hermana cuando tuve el sarampión. Era más moderna que la que había en mi casa, que aún funcionaba con hielo.

Con quien yo pasaba más horas jugando, era con Max, y él sí tenía ese juguete fantástico que a mí nunca me traerían los Reyes Magos por ser una niña: un fuerte de madera, con indios y americanos. Llamábamos americanos a los vaqueros, a los pistoleros y a los soldados. Y a los indios, sólo indios, porque en esa época no sabíamos que también eran americanos.

El fuerte de madera era, además de una fortaleza, un pueblo, una gran casa donde vivían los buenos, protegidos de los malos por los soldados del 7º de caballería. Tampoco supimos nunca si hubo un 5º o un 6º, pero el 7º era lo más.

Tanto los vaqueros, pistoleros, soldados e indios, a pie y a caballo, eran pequeños muñecos de plástico, de un solo color, que vendían en sobres de 10, y que venían enganchados unos con otros.

lote_31416_2En el pasillo de su casa recreábamos el oeste americano, ayudándonos de otros enseres de la estancia, si la película de ese día lo requería. Y en el centro de todo el decorado, resplandecía el fuerte. Max era el único niño del barrio que tenía uno así, por eso nunca lo sacaba a la calle, para que no se lo quitasen.

Colocados todos los personajes en su puesto, empezábamos a jugar “a buenos y a malos”. Él siempre luchaba con los buenos, que para eso el fuerte era suyo, y además tenía una estrella de sheriff.  Y yo, atacaba con los malos, que claro, como eran malos, siempre morían o se tenían que rendir cuando ya habían perdido hasta los caballos.

Habían unos indios particularmente feos con un hacha en la mano, bastantes inútiles, dado que ya sabíamos cuál iba a ser su final. Pero yo aprovechaba que eran pocos y muy malos para pelear encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, y conseguir que durase más rato la contienda antes de nos matasen de un tiro, porque ellos, como eran buenos, tenían rifles y pistolas.

A veces yo protestaba, porque también quería ser de los buenos, y es que para ellos siempre había un final feliz, además de disfrutar de avanzados recursos defensivos. En cambio mis indios, eran malos y tontos, porque no tenían más objetivo que asaltar el fuerte con sus primitivas hachas y flechas, y matar a los muñecos de mi amigo, para después morir, que es lo que se merecían por ser malos. Aunque confieso que siempre mantuve la esperanza de que alguna vez ganasen.

Sigo adorando las películas del oeste, aunque con los años preferí la sabiduría de Toro Sentado, y sobre todo, sus pipas de la paz. En cambio, mi amigo nunca llegó a fumar. Y es que los malos no suelen dar buenos ejemplos. O viceversa.

Es un hecho

via-treb

Te echo de menos
Aunque no soportemos vivir juntos
Te empiezo a echar de menos
Cuando sé que te has de marchar
No sé qué extraño hilo ata nuestras vidas
Rígido para mantenernos a distancia
Resistente para impedir que nos soltemos
Algo en tu aura me vuelve adicta
Adicta a tus besos
Adicta a tus abrazos
Adicta a mirarte cuando no me ves
Anhelo tu presencia
Cuando no estás
Te echo de menos