El menú del día

El motor de la avioneta empezó a emitir un sonido extraño, como mil nueces cascándose en Navidad. De pronto empezamos a perder altura. Caímos tan rápido que no tuvimos tiempo de ver las escenas de nuestra vida pasar.

Amortiguó la caída un gran cocotero. El dulce aroma tropical se mezcló con los sabores amargos de gasoil.

Salí despedido por la ventanilla, estampándome en el suelo bajo una lluvia de cocos golpeando mi cabeza.

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Mi compañero no sobrevivió. Solo y desorientado, comencé a deambular por la espesa jungla.

No sé los días que transcuerrieron, pero mi estómago ya gritaba “¡socorro, dame algo más que agua de coco! Por el eco de sus alaridos decidí hacerme carnívoro, e intentar robarle la presa a algún animal con más recursos que yo para la caza.

Entré en lo que parecía la guarida de un felino, y tuve la suerte de toparme con los restos de un opíparo festín de roedores. Mordí un trozo de carne y, lo que al principio me pareció una rica hamburguesa con ketchup y mostaza, acabó resultándome un chupachup de caquita de perro.

Mientras masticaba, las náuseas me acompañaban en marejada, así que probé con unos escarabajos muertos cuyo sabor ácido, como la orina de un gato viejo, me teletransportó a la cocina de mi abuela.