Los días de cada día

calleregresar a casa
en la tarde gris y marrón
con el cuerpo agotado
y los sueños aún más
después del día a día
y del duro trabajo

la pluma me llama
con susurro apagado
la hoja en blanco
aparece en el portal
al llegar a casa
y estar a salvo

escribo
por fin respiro
desolación, sinsentido
vaso de leche y cacao
calor y mimos
los ausentes, los ansiados
continuar sin descanso

¡que se apague el día!
¡que amanezca la noche!
es la lidia en la tarde
de los días de cada día

Hijo de Urano

Hay algo que siempre se escabulle más rápido que una anguila entre las manos. Viene y se va, lento o fugaz. Se aleja y no regresa. Nadie conoce su naturaleza. No es aire ni es gas. No lo puedes atrapar, y aunque es el mismo para todos, cada uno tiene el suyo propio.

      El mío se coló entre el óvulo de mi madre y el espermatozoide de mi padre el día de mi concepción. Crecimos juntos en el paraíso fetal. Yo me sentía feliz de tener compañía. Pero él sólo me miraba y sonreía con ironía. Tras la expulsión, cambiamos de equipo, yo empecé a sumar y él a restar.

      Durante mi infancia él ya manifestaba sus poderes y exigencias conmigo. Aparecía en el cuerpo de mi abuela obligándome a masticar más deprisa. Por las mañanas, en el de mi madre, que me susurraba primero y gritaba después “levántate ya, que llegamos tarde”. Por las noches poseía a mi padre cuando me mandaba a la cama en el momento más interesante. Apar3f9424594cc2332e9b035666288c99f9ecía en la hora del patio dando la campanada de fin del recreo. Todas las tardes en el parque, y los domingos jugando con el Scalextric de mis primos. Cuando él se presentaba, ya podíamos pinchar los globos porque la fiesta  había terminado.

   Fue mi fiel compañero adolescente, aunque no muy buen amigo. Para hacerle justicia, reconoceré que pasamos juntos algunos buenos instantes, en las fiestas del instituto, en el fútbol o en la discoteca, pero me falló cuando más lo necesitaba, aquel penoso día en la cama de Ana.

      Se matriculó conmigo en Económicas y apretó, con tanta asfixia mi horario que, acabé la tesis con matrícula de honor, además de aprender cosas tan útiles cómo llegar al campus saltándome los semáforos en rojo, resolver los problemas de mates en el lavabo, comerme un sándwich mientras me quito los zapatos y otras prácticas acrobacias. En la orla debieron poner su foto y no la mía.

Me acompañó a mi primer trabajo, alentando la impaciencia de mi jefe. Asistió a mi boda y al nacimiento de mi hijo. En estos dos últimos episodios se mostró algo más perezoso, pero tampoco demasiado. Supongo que fue una broma para ponerme nervioso. Desde entonces se ha tornado, si cabe, más cruel conmigo, pocas veces aliado y muchas, enemigo.

      Una noche, paseamos juntos al perro. Yo miraba las estrellas, rogando una tregua a mi perverso gemelo. Y entonces se alzó su voz: “¿Con quién hablas? ¿Te parece que estoy aquí? Porque si lo piensas bien, no existo. No puedes detenerme, ni pedirme que vaya más lento. Disfruto escapándome con tu vida entre mis dedos. Nunca cuentes conmigo, pero hasta el fin de tus días iré contigo. Si me ignoras, me reconocerás cuando te mires al espejo. Soy una paradoja, la pesada cadena que mantiene a los hombres prisioneros. No hay tregua posible, compañero, si no te gusta tu suerte, haberte pedido muerte”. El soniquete de sus palabras se me clavó en el hígado. ¡Qué acidez en el estómago!

       Ahora acepto su fantasmal existencia con resignación. Dicen que le veré en mi último suspiro con una capa negra y una hoz en la mano, como corresponde al despiadado hijo de Urano, pero yo estoy seguro de que aparecerá con traje de Dior y un reloj suizo, que son los de mayor precisión.

En brazos de Cupido

lo entendí en el primer momento
eras un regalo en mi vida

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al principio tuve miedo
de que invadieses mi corazón
y lo dejases desierto
de que reordenases mis muebles
y me hicieses rehén del caos
fue una hazaña superar el temor

lo entendí en el primer momento
eras un regalo en mi vida
que el universo dejó en mi puerta
provocándome a abrirla

amo lo que muestras
y lo que intuyo que escondes dentro
la distancia ha demorado que
acabe de quitarte el envoltorio
lo que hasta ahora he visto
la felicidad existe
cuando estamos juntos

La curiosidad no mató al gato

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El diablo preguntó al gato si quería ser tigre o pantera, y el gato le respondió que no era tan ambicioso, que sólo aspiraba a tener muchos ratones para comer cada día.
Así fue como el gato atravesó la trampilla de salida a la calle y se encontró con un horizonte lleno de ratones que, al verlo, se abalanzaron sobre él y se lo comieron.

¿Dónde fueron a parar las vecinas cotillas?

                   En la esquina de San Joaquín con Cultura me encontré con tu doble. Iba a cruzar la calle en sentido contrario al mío. Con tu mismo pelo negro, perfectamente recortado, con tus patillas ligeramente alargadas, sugiriendo un falso estilo rockero. No tan bien vestido como tú. Su camiseta verde de algodón también era sencilla pero no de diseño, ni sus pantalones se parecían a tus reconocidos tejanos de insinuado descuido. No me fijé en sus zapatos, pero estoy segura de que sus deportivas no llegaban ni a la suela de las tuyas. Lo que realmente me llamó la atención era la expresión de su cara, su inequívoca mirada te había sido robada. Su aire de falsa humildad, reforzada por un halo de superyó inalcanzable, se anunciaba en el brillo de sus ojos negros, como los tuyos. También a él se le notaba íntimamente satisfecho, por su pose altiva a la par que discreta. Si le hubiese oído hablar, te habría reconocido regodeándote de tus habilidades con fingida modestia. Si le hubiese oído hablar, me habría reencontrado con aquel niñato imberbe, hijo de unos quiero y no puedo, y encantado de conocerse por guapo, simpático e inteligente. Hasta a mí pudiste engañarme. Pero yo te vi crecer.

           Apunto de cruzar la calle, tu doble y yo nos miramos a los ojos, apenas unos segundos, suficientes para leer en el espejo de su alma, que fuiste tú quien empujó a tu hermano con su moto por el barranco. Que te libraste de él porque no soportabas que fuese auténtico y tú, sólo un producto. Suficientes también para evocar la tristeza de su novia Cristina, a la que dejaste embarazada y abandonada tras meses de presunto consuelo. Había en su sombra parte de la tuya, boceto a carbón de la más endiablada de las conciencias.

           Él bajó del bordillo demasiado deprisa, tanto o más que la moto que lo golpeó, lanzándolo por el aire contra la puerta del Bar Condal. Y fíjate que, en el sobresalto, sólo pensé que habías vuelto a tener suerte, y esta vez sería tu doble quién pagase por tus pecados.

App I4000NIM Inductor del ánimo Versión Beta

A una hora temprana de la mañana del jueves, en el hall del sector C del edificio Arco’s, se abrieron simultáneamente las puertas de los ascensores B3X y P2Y, que transportaban hacia la superficie a tres vecinos de sendos niveles. 

–¡Guau! ¡Grrrrrr! 

–Señora, quíteme a este bicho inmundo de encima. Está mordiendo mis pantalones de mil dólares –gritó el señor Sickly.

–Oiga, cómo se atreve a insultar así a mi Pequeño Fufú. Pero ¿quién se ha creído que es usted?, presuntuoso maleducado. Si esos pantalones cuestan mil dólares es que le han timado, estúpido ignorante.

–¡Guau! ¡Grrrrrr!

–¿Maleducado yo? Primero me muerde esta bestia y luego es usted quien me insulta, y ¿me llama maleducado? Lo que me faltaba, está usted peor que el chucho.

–Pequeño Fufú, deja en paz a este caballero, con el cual espero que no nos crucemos nunca más.

–Lo mismo digo, señora. 

–Psssss –el pequeño Fufú no pudo contenerse.

–¡Paf! –sin pensárselo dos veces el señor Sickly propinó una tremenda patada al animal. 

–¡Uuum!

–Pequeño Fufú, ¿qué te ha hecho este cafre? –la señora Fussy cogió a su caniche en brazos y le acarició el lomo dándole besos en la frente.

–¡Bruto! Le denunciaré por violencia y crueldad con los animales.

–¿Pero es que no ha visto que se ha orinado en mi pierna? Mire cómo me ha puesto.

–No me extraña, es usted repelente y huele fatal. ¡Tenga!

–La señora Fussy golpeó con su bolso al señor Sickly.

–Apártese de mi vista, bruja. Y deje de golpearme. ¿Pero de dónde ha salido usted? ¿Es que busca pelea? –La detuvo con una mano y con la otra le dio un ligero tirón de pelo.

–¡Ahhh, energúmeno! ¿Cómo se atreve? Me ha destrozado el peinado. Le odio.

–¡Guau! ¡Guau! ¡Grrrrrr! –el señor Sickly introdujo su portadocumentos en la boca de Pequeño Fufú.

–Vuelva a su casa con ese monstruo enano, mema, y no salgan nunca más -gritó.

Súbitamente, la señora Fussy sintió una punzada de emoción, nadie le había hablado jamás en ese tono. Le miró ladeando la cabeza y sonrió con amabilidad y ternura.

–¡Oh! Es usted un hombre enérgico y con carácter, y el primero que no se rinde ante mí. Creo que me estoy enamorando.

–Olvídeme señora, estoy casado y además no la aguanto –pero la metamorfosis de su vecina y sus palabras le acababan de dejar perplejo–. Aunque… he de reconocer que es la primera vez que alguien me provoca semejante temperamento –el señor Sickly, íntimamente satisfecho, se relajó–. Está bien, lamento lo de su chucho y lo de su peinado. He de volver a casa para cambiarme de pantalones. Buenos días, señora…

–Fussy. Yo también le pido disculpas, le reembolsaré los gastos de lavandería. Hágame llegar la factura, se lo ruego. Vivo en el B325, no lo olvide. Buenos días, señor…

–Sickly.
                                     ***
Veinte minutos antes, el señor Sickly salía de su casa y entraba en el ascensor.

–Buenos días, señor Sickly. ¿Desea repasar su programa para hoy? –sonó la metalizada voz de la cabina.

–Buenos días, P2Y. Hoy tengo reunión con el Consejo del Sector Alpha. No soporto a su director, es un manipulador, y yo, no tengo carácter para imponerme. Cómo me gustaría hacerle sudar algún día.

–¿Sudar, señor? No reconozco esa emoción.

–Da igual, no te preocupes. ¡Ah! Esta noche, después de mucho tiempo, he quedado para cenar con mi esposa, a ver si hay suerte y tenemos sexo.

–Tomo nota señor. Hoy percibirá un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y espero que se cumplan sus deseos. Qué tenga un buen día, señor Sickly.

Simultáneamente, en la cabina del ascensor B3X había entrado la señora Fussy.

–Buenos días, señora Fussy. Buenos días, Pequeño Fufú.

–Buenos días, B3X.

–¡Guau!

–¿Cómo le gustaría sentirse hoy, señora Fussy? No tiene nada programado en su agenda.

–Ay, no sé, si es que estoy tan aburrida de todo. Ya nada me complace. Necesito alguna emoción distinta, inesperada. Que alguien decida por mí –suspiró.

–Le entiendo señora. Quizás la última actualización de mi sistema pueda ayudarle. Notará un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y pase un feliz día, señora Fussy. Igualmente, pequeño Fufú.

–Gracias, B3X, eres el único que me comprende.–¡Guau!

Placer y castigo

Nara y Nina caminaban hacia el trabajo un lunes por la mañana. Nina respiraba profundamente captando los aromas del nuevo día. Contemplaba el cielo, pronosticando la intensidad del brillo de un sol de mediodía que no llegaría a ver. Dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas que le alegraran el día antes de llegar a la oficina. Nara mantenía el semblante rígido.
-Estoy profundamente decepcionada.  Dijiste que no lo volverías a hacer –reprochó Nara.

-Lo sé, no he podido evitarlo, es más fuerte que yo. Lo siento. Perdóname.

-No puedo perdonarte. Ya no lo aguanto más. Eres un ser pusilánime y veleidoso incapaz de cumplir sus promesas. ¿No te das cuenta de las consecuencias de tu proceder?

-¡Ayúdame! O si prefieres, podemos buscar ayuda de algún profesional.

-Ésta era tu última oportunidad. En cuatro años no has sido capaz de superarlo.

-Yo lo intento con todas mis fuerzas, pero cuando me invade la angustia no puedo hacer otra cosa.

-Me tienes a mí en esos momentos, no me anules, sigue mi ejemplo.

-No puedo. Yo no soy como tú y sin embargo, estoy viviendo tu vida y no la mía. ¿Sabes? Creo que esa es la causa de mi problema.
 -¿Pero cómo puedes decir eso? Eres una egoísta, todo lo que tienes es gracias a mí.

-Sí, pero no soy feliz. Yo no te pedí ser una ejecutiva, ni tener la mejor casa ni el mejor coche. Yo no te pedí vivir siempre a la carrera y esclava de la agenda. Yo quería vivir de otra manera.
-Tú no sabes lo que quieres.

***

-¡Buenos días! ¿Qué tal el fin de semana? –dijo Nara en voz alta para que le oyesen todos.
-Buenos días –contestó la auxiliar.
-Muy bien, ha hecho un tiempo estupendo –respondió Luisa.
-Se ha pasado muy rápido –añadió Juanjo.
Nara saludó a todo el equipo, entró en su despacho, se acomodó en su sillón y puso en marcha el ordenador para revisar la agenda.  En menos de dos minutos estaba profundamente concentrada en su trabajo. Sin embargo, algo extraño revoloteaba en la boca de su estómago persistiendo hasta el incordio. Presintió la desesperación de Nina. Prestó atención y una terrible y definitiva idea ascendió hasta su consciencia. Sin pensárselo dos veces, la asumió con toda frialdad.
-¡Hasta mañana, Noelia! –se despidió de  la señora de la limpieza después de una larga y agitada jornada de trabajo.
***

-Hola Nina, ¿ya estás aquí? –preguntó Nara mientras cerraba la puerta de casa.
-¿Preferirías que no estuviese, verdad?
-Aunque no lo creas, yo sólo quiero que te sientas bien. Por tu bien y por el mío.
-Vale, voy a preparar la cena.
-No, espera. No entres en la cocina. Siéntate. Tenemos que hablar.
-Fatídica frase.
-Tu obsesión puede llevarte a una enfermedad grave y estás poniendo en riesgo mi vida, y todo por lo que luchado y trabajado. Tampoco estoy dispuesta a que hables de esto con nadie, me moriría de vergüenza. Hemos de resolverlo juntas o acabar con nuestra relación.
-¿Acabar con nuestra relación? ¿Qué quieres decir? ¿Te has vuelto loca?
-No, sólo estoy agotada y no puedo más. Y tú empiezas a ser una pesada carga.
-¡Muy amable, gracias! Pero sin mí, tu vida sería pura tristeza.
-Quizás, pero también sería orden, sosiego, seguridad. Recuperar la autoestima.
-Trabajo y más trabajo, y envejecer en soledad. Ni todas las mascotas juntas llenarían tu vacío.  ¿Quieres acabar como la loca de los gatos?
-No grites. Hagamos la cena mientras charlamos.
-¡Qué bien! He comprado unas gambas fresquísimas, y con la crema de bogavante que nos sobró ayer haremos un exquisito menú. Me encanta que hagamos cosas juntas. Abriré un vino blanco.
-No te lances, que te conozco.
-Sólo una copa.
-Caerá la botella. No empieces. Te lo advierto.
-Hoy no he comido chocolate en todo el día. Me lo he reservado para después de cenar. Bueno, tengo unas trufas en el congelador. Esta noche vamos a disfrutar. Estoy contenta. No estés tan seria. Me curaré.
-No, no te curarás. Llevas 10 minutos en la cocina y ya te has tomado dos copas de vino, una bolsa de picatostes y una lata de berberechos. Crees que no te veo mientras vacío el lavaplatos.
-A menudo me siento sola, fuera de lugar. No encuentro mi sitio. Y ahora que me siento feliz por estar aquí contigo sólo quiero celebrarlo.
-Deja de beber, por favor, espera a que lleguemos a la mesa.
-¿Y qué más da? ¡Ay! ¡Cuidado! ¿Te has cortado?
-No, sólo se ha roto el plato. Me estás poniendo muy nerviosa.

-Toma un trago.

-Tenías razón, las gambas estaban fantásticas –reconoció Nara después de cenar-. Creo que he bebido demasiado. Voy a ver la tele.
Minutos más tarde, Nara, muy enfadada, recriminó:

-¿Ya estás vomitando?  No me extraña, has acabado con la caja de trufas y el bote de barquillos.
-¡Uf! ¡Qué mal rato! –exclamó Nina con la cara roja y los ojos brillantes.
-Cada noche la misma escena. ¿Cuánto crees que podrá aguantar tu estómago?

-No lo sé.
-¿Estás llorando?
-Sí, te he vuelto a fallar.

-No llores, no llores, por favor. Vamos a darnos un baño relajante antes de dormir.

Nara se sumergió en la bañera, acariciando todo los rincones de su cuerpo con la esponja, y con el afilado cúter que había cogido del escritorio, dibujó dos profundas rayas en cada una de sus muñecas. Así, lentamente, Nina y ella se diluyeron en el agua.