Los buenos y los malos

Max y yo jugábamos juntos desde que tuvimos edad para hacerlo. En aquella época, mis juguetes consistían en alguna muñeca rígida con pelo de estropajo, a la que siempre se le salía el brazo o la pierna de su sitio; bastantes cuentos, porque ya mostraba indicios de mi futura adicción a la lectura; algunos cacharritos de cocina, para jugar a papás y a mamás; y varios instrumentos de botiquín, para jugar a médicos y enfermeras. Éstos últimos eran juguetes que no me hacían especial ilusión, excepto una nevera con luz que me regaló el novio de mi hermana cuando tuve el sarampión. Era más moderna que la que había en mi casa, que aún funcionaba con hielo.

Con quien yo pasaba más horas jugando, era con Max, y él sí tenía ese juguete fantástico que a mí nunca me traerían los Reyes Magos por ser una niña: un fuerte de madera, con indios y americanos. Llamábamos americanos a los vaqueros, a los pistoleros y a los soldados. Y a los indios, sólo indios, porque en esa época no sabíamos que también eran americanos.

El fuerte de madera era, además de una fortaleza, un pueblo, una gran casa donde vivían los buenos, protegidos de los malos por los soldados del 7º de caballería. Tampoco supimos nunca si hubo un 5º o un 6º, pero el 7º era lo más.

Tanto los vaqueros, pistoleros, soldados e indios, a pie y a caballo, eran pequeños muñecos de plástico, de un solo color, que vendían en sobres de 10, y que venían enganchados unos con otros.

lote_31416_2En el pasillo de su casa recreábamos el oeste americano, ayudándonos de otros enseres de la estancia, si la película de ese día lo requería. Y en el centro de todo el decorado, resplandecía el fuerte. Max era el único niño del barrio que tenía uno así, por eso nunca lo sacaba a la calle, para que no se lo quitasen.

Colocados todos los personajes en su puesto, empezábamos a jugar “a buenos y a malos”. Él siempre luchaba con los buenos, que para eso el fuerte era suyo, y además tenía una estrella de sheriff.  Y yo, atacaba con los malos, que claro, como eran malos, siempre morían o se tenían que rendir cuando ya habían perdido hasta los caballos.

Habían unos indios particularmente feos con un hacha en la mano, bastantes inútiles, dado que ya sabíamos cuál iba a ser su final. Pero yo aprovechaba que eran pocos y muy malos para pelear encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, y conseguir que durase más rato la contienda antes de nos matasen de un tiro, porque ellos, como eran buenos, tenían rifles y pistolas.

A veces yo protestaba, porque también quería ser de los buenos, y es que para ellos siempre había un final feliz, además de disfrutar de avanzados recursos defensivos. En cambio mis indios, eran malos y tontos, porque no tenían más objetivo que asaltar el fuerte con sus primitivas hachas y flechas, y matar a los muñecos de mi amigo, para después morir, que es lo que se merecían por ser malos. Aunque confieso que siempre mantuve la esperanza de que alguna vez ganasen.

Sigo adorando las películas del oeste, aunque con los años preferí la sabiduría de Toro Sentado, y sobre todo, sus pipas de la paz. En cambio, mi amigo nunca llegó a fumar. Y es que los malos no suelen dar buenos ejemplos. O viceversa.

Acaso fue la tarde

fotolia_128430240-2Un día más, Laura llegaba a casa con esa pesada sensación de nostalgia en el estómago.

El color violeta de la tarde evocaba aquellos alegres días en los que acaba la jornada impaciente por volver a casa.

Atravesó el umbral de su puerta, lanzó el portafolio sobre la mesa y los tacones al aire. Descorchó un Cabernet Sauvignon y, tras saborear el primer trago, se desplomó en el sillón.

Entornó los ojos y escuchó la dulce voz de Ella Fitzgerald susurrando “I’m beginning to see the light”, y entonces llegaron ellos,  los olvidados anhelos. Las suaves caricias en el cuello, el pelo lentamente enmarañado, las mejillas tibias y las cosquillas bajo la nariz. Sintió el profundo abrazo de su amado ausente, ahora cercano. Poseída por el azul de sus ojos y el brillo de su sonrisa, imaginó que le besaba, cuando una lengua áspera y seca le rascó los labios, devolviéndole de golpe a su sillón.

Con el felino en su regazo, Laura bebió y olvidó.

23

Un 23 de julio me desperté en los brazos de la muerte. Ya debía haber cubierto el cupo del día, así que me lanzó al vacío. Me dejó con todos los huesos rotos, y se llevó mi inocencia.

Volví a cruzarme con ella un 23 de febrero. Fue mi coche el que se precipitó por el barranco, mientras yo me lanzaba al asfalto antes de la caída. Pasó de largo ante mí y, mirándome de reojo, me dedicó media sonrisa.

gameover

Desde entonces, en mi intento de evitar hacer realidad el dicho de “a la tercera va la vencida”, todos los días 23 de cada mes me encerraba en casa. Al principio pasaba largas horas en la cama, imaginando todo tipo de peligros de los cuales debía protegerme,  pero con los años fui dedicándome a esas actividades hogareñas para las que nunca tienes tiempo. En verano, hasta me atrevía a organizar alguna que otra fiesta con los amigos.

El pasado 13 de octubre  una complicación inesperada retrasó mi salida de la oficina, eran circunstancias que se producían de tanto en tanto, pero no revestían importancia alguna. Resuelta la incidencia, y de buen humor, me marché a casa. El cielo tenía un embriagador color violeta, y el aire, más ligero que nunca, me confería esa placentera sensación de velocidad de crucero. Llegué tranquilamente a la puerta de casa, aparqué la moto, y al darme la vuelta comprobé que mi cuerpo no me había acompañado. Tardé sólo unos segundos en hacer la cuenta.

 

La afición de Marta

Elegant lady in evening dressNo había ninguna razón para creer que este marido iba a ser mejor que los anteriores, pensaba Marta mientras fregaba escrupulosamente los platos en los cuales había servido a Raúl su última cena.

Se sentía feliz. “El negro te sienta fenomenal, realza tu figura, y, cuando rematas el conjunto con las perlas que te dejó la abuela, consigues tener ese aire etéreo y elegante que te hace irresistible”, se oía en el altavoz de sus pensamientos.

Como las veces anteriores, Marta estaba segura de haber hecho un buen trabajo.

Hijo de Urano

Hay algo que siempre se escabulle más rápido que una anguila entre las manos. Viene y se va, lento o fugaz. Se aleja y no regresa. Nadie conoce su naturaleza. No es aire ni es gas. No lo puedes atrapar, y aunque es el mismo para todos, cada uno tiene el suyo propio.

      El mío se coló entre el óvulo de mi madre y el espermatozoide de mi padre el día de mi concepción. Crecimos juntos en el paraíso fetal. Yo me sentía feliz de tener compañía. Pero él sólo me miraba y sonreía con ironía. Tras la expulsión, cambiamos de equipo, yo empecé a sumar y él a restar.

      Durante mi infancia él ya manifestaba sus poderes y exigencias conmigo. Aparecía en el cuerpo de mi abuela obligándome a masticar más deprisa. Por las mañanas, en el de mi madre, que me susurraba primero y gritaba después “levántate ya, que llegamos tarde”. Por las noches poseía a mi padre cuando me mandaba a la cama en el momento más interesante. Apar3f9424594cc2332e9b035666288c99f9ecía en la hora del patio dando la campanada de fin del recreo. Todas las tardes en el parque, y los domingos jugando con el Scalextric de mis primos. Cuando él se presentaba, ya podíamos pinchar los globos porque la fiesta  había terminado.

   Fue mi fiel compañero adolescente, aunque no muy buen amigo. Para hacerle justicia, reconoceré que pasamos juntos algunos buenos instantes, en las fiestas del instituto, en el fútbol o en la discoteca, pero me falló cuando más lo necesitaba, aquel penoso día en la cama de Ana.

      Se matriculó conmigo en Económicas y apretó, con tanta asfixia mi horario que, acabé la tesis con matrícula de honor, además de aprender cosas tan útiles cómo llegar al campus saltándome los semáforos en rojo, resolver los problemas de mates en el lavabo, comerme un sándwich mientras me quito los zapatos y otras prácticas acrobacias. En la orla debieron poner su foto y no la mía.

Me acompañó a mi primer trabajo, alentando la impaciencia de mi jefe. Asistió a mi boda y al nacimiento de mi hijo. En estos dos últimos episodios se mostró algo más perezoso, pero tampoco demasiado. Supongo que fue una broma para ponerme nervioso. Desde entonces se ha tornado, si cabe, más cruel conmigo, pocas veces aliado y muchas, enemigo.

      Una noche, paseamos juntos al perro. Yo miraba las estrellas, rogando una tregua a mi perverso gemelo. Y entonces se alzó su voz: “¿Con quién hablas? ¿Te parece que estoy aquí? Porque si lo piensas bien, no existo. No puedes detenerme, ni pedirme que vaya más lento. Disfruto escapándome con tu vida entre mis dedos. Nunca cuentes conmigo, pero hasta el fin de tus días iré contigo. Si me ignoras, me reconocerás cuando te mires al espejo. Soy una paradoja, la pesada cadena que mantiene a los hombres prisioneros. No hay tregua posible, compañero, si no te gusta tu suerte, haberte pedido muerte”. El soniquete de sus palabras se me clavó en el hígado. ¡Qué acidez en el estómago!

       Ahora acepto su fantasmal existencia con resignación. Dicen que le veré en mi último suspiro con una capa negra y una hoz en la mano, como corresponde al despiadado hijo de Urano, pero yo estoy seguro de que aparecerá con traje de Dior y un reloj suizo, que son los de mayor precisión.

La curiosidad no mató al gato

qx2iw
El diablo preguntó al gato si quería ser tigre o pantera, y el gato le respondió que no era tan ambicioso, que sólo aspiraba a tener muchos ratones para comer cada día.
Así fue como el gato atravesó la trampilla de salida a la calle y se encontró con un horizonte lleno de ratones que, al verlo, se abalanzaron sobre él y se lo comieron.

¿Dónde fueron a parar las vecinas cotillas?

                   En la esquina de San Joaquín con Cultura me encontré con tu doble. Iba a cruzar la calle en sentido contrario al mío. Con tu mismo pelo negro, perfectamente recortado, con tus patillas ligeramente alargadas, sugiriendo un falso estilo rockero. No tan bien vestido como tú. Su camiseta verde de algodón también era sencilla pero no de diseño, ni sus pantalones se parecían a tus reconocidos tejanos de insinuado descuido. No me fijé en sus zapatos, pero estoy segura de que sus deportivas no llegaban ni a la suela de las tuyas. Lo que realmente me llamó la atención era la expresión de su cara, su inequívoca mirada te había sido robada. Su aire de falsa humildad, reforzada por un halo de superyó inalcanzable, se anunciaba en el brillo de sus ojos negros, como los tuyos. También a él se le notaba íntimamente satisfecho, por su pose altiva a la par que discreta. Si le hubiese oído hablar, te habría reconocido regodeándote de tus habilidades con fingida modestia. Si le hubiese oído hablar, me habría reencontrado con aquel niñato imberbe, hijo de unos quiero y no puedo, y encantado de conocerse por guapo, simpático e inteligente. Hasta a mí pudiste engañarme. Pero yo te vi crecer.

           Apunto de cruzar la calle, tu doble y yo nos miramos a los ojos, apenas unos segundos, suficientes para leer en el espejo de su alma, que fuiste tú quien empujó a tu hermano con su moto por el barranco. Que te libraste de él porque no soportabas que fuese auténtico y tú, sólo un producto. Suficientes también para evocar la tristeza de su novia Cristina, a la que dejaste embarazada y abandonada tras meses de presunto consuelo. Había en su sombra parte de la tuya, boceto a carbón de la más endiablada de las conciencias.

           Él bajó del bordillo demasiado deprisa, tanto o más que la moto que lo golpeó, lanzándolo por el aire contra la puerta del Bar Condal. Y fíjate que, en el sobresalto, sólo pensé que habías vuelto a tener suerte, y esta vez sería tu doble quién pagase por tus pecados.

App I4000NIM Inductor del ánimo Versión Beta

A una hora temprana de la mañana del jueves, en el hall del sector C del edificio Arco’s, se abrieron simultáneamente las puertas de los ascensores B3X y P2Y, que transportaban hacia la superficie a tres vecinos de sendos niveles. 

–¡Guau! ¡Grrrrrr! 

–Señora, quíteme a este bicho inmundo de encima. Está mordiendo mis pantalones de mil dólares –gritó el señor Sickly.

–Oiga, cómo se atreve a insultar así a mi Pequeño Fufú. Pero ¿quién se ha creído que es usted?, presuntuoso maleducado. Si esos pantalones cuestan mil dólares es que le han timado, estúpido ignorante.

–¡Guau! ¡Grrrrrr!

–¿Maleducado yo? Primero me muerde esta bestia y luego es usted quien me insulta, y ¿me llama maleducado? Lo que me faltaba, está usted peor que el chucho.

–Pequeño Fufú, deja en paz a este caballero, con el cual espero que no nos crucemos nunca más.

–Lo mismo digo, señora. 

–Psssss –el pequeño Fufú no pudo contenerse.

–¡Paf! –sin pensárselo dos veces el señor Sickly propinó una tremenda patada al animal. 

–¡Uuum!

–Pequeño Fufú, ¿qué te ha hecho este cafre? –la señora Fussy cogió a su caniche en brazos y le acarició el lomo dándole besos en la frente.

–¡Bruto! Le denunciaré por violencia y crueldad con los animales.

–¿Pero es que no ha visto que se ha orinado en mi pierna? Mire cómo me ha puesto.

–No me extraña, es usted repelente y huele fatal. ¡Tenga!

–La señora Fussy golpeó con su bolso al señor Sickly.

–Apártese de mi vista, bruja. Y deje de golpearme. ¿Pero de dónde ha salido usted? ¿Es que busca pelea? –La detuvo con una mano y con la otra le dio un ligero tirón de pelo.

–¡Ahhh, energúmeno! ¿Cómo se atreve? Me ha destrozado el peinado. Le odio.

–¡Guau! ¡Guau! ¡Grrrrrr! –el señor Sickly introdujo su portadocumentos en la boca de Pequeño Fufú.

–Vuelva a su casa con ese monstruo enano, mema, y no salgan nunca más -gritó.

Súbitamente, la señora Fussy sintió una punzada de emoción, nadie le había hablado jamás en ese tono. Le miró ladeando la cabeza y sonrió con amabilidad y ternura.

–¡Oh! Es usted un hombre enérgico y con carácter, y el primero que no se rinde ante mí. Creo que me estoy enamorando.

–Olvídeme señora, estoy casado y además no la aguanto –pero la metamorfosis de su vecina y sus palabras le acababan de dejar perplejo–. Aunque… he de reconocer que es la primera vez que alguien me provoca semejante temperamento –el señor Sickly, íntimamente satisfecho, se relajó–. Está bien, lamento lo de su chucho y lo de su peinado. He de volver a casa para cambiarme de pantalones. Buenos días, señora…

–Fussy. Yo también le pido disculpas, le reembolsaré los gastos de lavandería. Hágame llegar la factura, se lo ruego. Vivo en el B325, no lo olvide. Buenos días, señor…

–Sickly.
                                     ***
Veinte minutos antes, el señor Sickly salía de su casa y entraba en el ascensor.

–Buenos días, señor Sickly. ¿Desea repasar su programa para hoy? –sonó la metalizada voz de la cabina.

–Buenos días, P2Y. Hoy tengo reunión con el Consejo del Sector Alpha. No soporto a su director, es un manipulador, y yo, no tengo carácter para imponerme. Cómo me gustaría hacerle sudar algún día.

–¿Sudar, señor? No reconozco esa emoción.

–Da igual, no te preocupes. ¡Ah! Esta noche, después de mucho tiempo, he quedado para cenar con mi esposa, a ver si hay suerte y tenemos sexo.

–Tomo nota señor. Hoy percibirá un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y espero que se cumplan sus deseos. Qué tenga un buen día, señor Sickly.

Simultáneamente, en la cabina del ascensor B3X había entrado la señora Fussy.

–Buenos días, señora Fussy. Buenos días, Pequeño Fufú.

–Buenos días, B3X.

–¡Guau!

–¿Cómo le gustaría sentirse hoy, señora Fussy? No tiene nada programado en su agenda.

–Ay, no sé, si es que estoy tan aburrida de todo. Ya nada me complace. Necesito alguna emoción distinta, inesperada. Que alguien decida por mí –suspiró.

–Le entiendo señora. Quizás la última actualización de mi sistema pueda ayudarle. Notará un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y pase un feliz día, señora Fussy. Igualmente, pequeño Fufú.

–Gracias, B3X, eres el único que me comprende.–¡Guau!

Placer y castigo

Nara y Nina caminaban hacia el trabajo un lunes por la mañana. Nina respiraba profundamente captando los aromas del nuevo día. Contemplaba el cielo, pronosticando la intensidad del brillo de un sol de mediodía que no llegaría a ver. Dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas que le alegraran el día antes de llegar a la oficina. Nara mantenía el semblante rígido.
-Estoy profundamente decepcionada.  Dijiste que no lo volverías a hacer –reprochó Nara.

-Lo sé, no he podido evitarlo, es más fuerte que yo. Lo siento. Perdóname.

-No puedo perdonarte. Ya no lo aguanto más. Eres un ser pusilánime y veleidoso incapaz de cumplir sus promesas. ¿No te das cuenta de las consecuencias de tu proceder?

-¡Ayúdame! O si prefieres, podemos buscar ayuda de algún profesional.

-Ésta era tu última oportunidad. En cuatro años no has sido capaz de superarlo.

-Yo lo intento con todas mis fuerzas, pero cuando me invade la angustia no puedo hacer otra cosa.

-Me tienes a mí en esos momentos, no me anules, sigue mi ejemplo.

-No puedo. Yo no soy como tú y sin embargo, estoy viviendo tu vida y no la mía. ¿Sabes? Creo que esa es la causa de mi problema.
 -¿Pero cómo puedes decir eso? Eres una egoísta, todo lo que tienes es gracias a mí.

-Sí, pero no soy feliz. Yo no te pedí ser una ejecutiva, ni tener la mejor casa ni el mejor coche. Yo no te pedí vivir siempre a la carrera y esclava de la agenda. Yo quería vivir de otra manera.
-Tú no sabes lo que quieres.

***

-¡Buenos días! ¿Qué tal el fin de semana? –dijo Nara en voz alta para que le oyesen todos.
-Buenos días –contestó la auxiliar.
-Muy bien, ha hecho un tiempo estupendo –respondió Luisa.
-Se ha pasado muy rápido –añadió Juanjo.
Nara saludó a todo el equipo, entró en su despacho, se acomodó en su sillón y puso en marcha el ordenador para revisar la agenda.  En menos de dos minutos estaba profundamente concentrada en su trabajo. Sin embargo, algo extraño revoloteaba en la boca de su estómago persistiendo hasta el incordio. Presintió la desesperación de Nina. Prestó atención y una terrible y definitiva idea ascendió hasta su consciencia. Sin pensárselo dos veces, la asumió con toda frialdad.
-¡Hasta mañana, Noelia! –se despidió de  la señora de la limpieza después de una larga y agitada jornada de trabajo.
***

-Hola Nina, ¿ya estás aquí? –preguntó Nara mientras cerraba la puerta de casa.
-¿Preferirías que no estuviese, verdad?
-Aunque no lo creas, yo sólo quiero que te sientas bien. Por tu bien y por el mío.
-Vale, voy a preparar la cena.
-No, espera. No entres en la cocina. Siéntate. Tenemos que hablar.
-Fatídica frase.
-Tu obsesión puede llevarte a una enfermedad grave y estás poniendo en riesgo mi vida, y todo por lo que luchado y trabajado. Tampoco estoy dispuesta a que hables de esto con nadie, me moriría de vergüenza. Hemos de resolverlo juntas o acabar con nuestra relación.
-¿Acabar con nuestra relación? ¿Qué quieres decir? ¿Te has vuelto loca?
-No, sólo estoy agotada y no puedo más. Y tú empiezas a ser una pesada carga.
-¡Muy amable, gracias! Pero sin mí, tu vida sería pura tristeza.
-Quizás, pero también sería orden, sosiego, seguridad. Recuperar la autoestima.
-Trabajo y más trabajo, y envejecer en soledad. Ni todas las mascotas juntas llenarían tu vacío.  ¿Quieres acabar como la loca de los gatos?
-No grites. Hagamos la cena mientras charlamos.
-¡Qué bien! He comprado unas gambas fresquísimas, y con la crema de bogavante que nos sobró ayer haremos un exquisito menú. Me encanta que hagamos cosas juntas. Abriré un vino blanco.
-No te lances, que te conozco.
-Sólo una copa.
-Caerá la botella. No empieces. Te lo advierto.
-Hoy no he comido chocolate en todo el día. Me lo he reservado para después de cenar. Bueno, tengo unas trufas en el congelador. Esta noche vamos a disfrutar. Estoy contenta. No estés tan seria. Me curaré.
-No, no te curarás. Llevas 10 minutos en la cocina y ya te has tomado dos copas de vino, una bolsa de picatostes y una lata de berberechos. Crees que no te veo mientras vacío el lavaplatos.
-A menudo me siento sola, fuera de lugar. No encuentro mi sitio. Y ahora que me siento feliz por estar aquí contigo sólo quiero celebrarlo.
-Deja de beber, por favor, espera a que lleguemos a la mesa.
-¿Y qué más da? ¡Ay! ¡Cuidado! ¿Te has cortado?
-No, sólo se ha roto el plato. Me estás poniendo muy nerviosa.

-Toma un trago.

-Tenías razón, las gambas estaban fantásticas –reconoció Nara después de cenar-. Creo que he bebido demasiado. Voy a ver la tele.
Minutos más tarde, Nara, muy enfadada, recriminó:

-¿Ya estás vomitando?  No me extraña, has acabado con la caja de trufas y el bote de barquillos.
-¡Uf! ¡Qué mal rato! –exclamó Nina con la cara roja y los ojos brillantes.
-Cada noche la misma escena. ¿Cuánto crees que podrá aguantar tu estómago?

-No lo sé.
-¿Estás llorando?
-Sí, te he vuelto a fallar.

-No llores, no llores, por favor. Vamos a darnos un baño relajante antes de dormir.

Nara se sumergió en la bañera, acariciando todo los rincones de su cuerpo con la esponja, y con el afilado cúter que había cogido del escritorio, dibujó dos profundas rayas en cada una de sus muñecas. Así, lentamente, Nina y ella se diluyeron en el agua.

¿Quién dijo estrés?


     Abro los ojos con los tímidos rayos de sol golpeando mi puerta. Salto pletórico de la cama, dispuesto a comerme el campo. Café y buenos días. El equipo en perfecto estado. Desde mi sillón observo el mapa del laberinto. Busco un camino rápido y directo. Dicen que la línea recta no existe, pero hoy sólo es lunes, no estamos para filosofía. Cojo mi picht, mi mejor bola y la lanzo por la ventana. Cruza la ciudad y aterriza en la ladera de la montaña, desde donde empieza a resbalar en dirección al tee del 1. Me llama el jefe, ¿qué querrá? Siempre con prisa. Abro el Outlook y lanzo la bola al green. Leído. Dos putts y la bola está dentro. Prueba superada. Tee del 2. Reunión en dos minutos. No puede ser. ¿Redactar un proyecto para mañana? Mi bola se ha ido fuera de límites, tiraré otra, pero me va a costar caro. Hoja en blanco, no sé por dónde empezar. El hoyo 3 tiene una gran laguna en mitad de la calle. Ahora se cruzan los patos, por si tenía dudas. Tomaré un café, le pegaré con ganas y con la primera página saldrán todas las demás. Green y birdie. No me interrumpas. Un cliente quiere hablar contigo. Nos vemos en el tee del 4. Hay que sortear el muro de piedra y la trampa de arena. Con un poco de paciencia no parece tan antipático. Lo sabía, me he quedado corto. Disculpe le enviaremos la documentación esta misma mañana. ¡Chicos, planificación en el 5! Ideas para saltar la riera y pasar por encima del bunker sin tocar las palmeras. Un fuera de límites a estas alturas pondría en riesgo todo nuestro trabajo. Antes de acabar la mañana llegaremos al 9. Corro al tee del 6. Comunicación pide un cambio de imagen. ¿Y ha de ser hoy? No hay problema. Un tiro creativo y par. Los accionistas esperan en el 7. PowerPoint y artillería pesada para el hoyo más largo del campo. Árboles a la derecha. Más a la derecha estás muerto. La izquierda no aporta nada, pero no molesta. Me han faltado 10 metros para un tiro perfecto. Las relaciones públicas consumen mucha energía. Personalmente prefiero hoyos como el 8, complejos, que requieren concentración, y donde te juegas el amor propio. El green es pura falacia. No necesito más retos, tampoco cobraré objetivos. No hay que tener miedo o estás perdido. Horror, la bola se ha clavado en el talud, cuando la empuje caerá más allá de la bandera. El encargado de taller no ha venido a trabajar, los operarios no saben qué hacer. No puedo creerlo. Doble boggie. Necesito una primitiva, esto me supera. Que se vayan a casa y alguien llame a ese señor. El dolor de estómago de las dos y media. En el 9 me la juego con resignación. Lanzo mi bola y mi fe salta con ella. Bunker y fuera límites por todas partes menos por una. Árboles y un gran desnivel. ¡Chicos, a comer! Bola en el antegreen. Ya da lo mismo, un par no me arreglará la tarjeta. A la tarde, auditores y los otros 9.