Los buenos y los malos

Max y yo jugábamos juntos desde que tuvimos edad para hacerlo. En aquella época, mis juguetes consistían en alguna muñeca rígida con pelo de estropajo, a la que siempre se le salía el brazo o la pierna de su sitio; bastantes cuentos, porque ya mostraba indicios de mi futura adicción a la lectura; algunos cacharritos de cocina, para jugar a papás y a mamás; y varios instrumentos de botiquín, para jugar a médicos y enfermeras. Éstos últimos eran juguetes que no me hacían especial ilusión, excepto una nevera con luz que me regaló el novio de mi hermana cuando tuve el sarampión. Era más moderna que la que había en mi casa, que aún funcionaba con hielo.

Con quien yo pasaba más horas jugando, era con Max, y él sí tenía ese juguete fantástico que a mí nunca me traerían los Reyes Magos por ser una niña: un fuerte de madera, con indios y americanos. Llamábamos americanos a los vaqueros, a los pistoleros y a los soldados. Y a los indios, sólo indios, porque en esa época no sabíamos que también eran americanos.

El fuerte de madera era, además de una fortaleza, un pueblo, una gran casa donde vivían los buenos, protegidos de los malos por los soldados del 7º de caballería. Tampoco supimos nunca si hubo un 5º o un 6º, pero el 7º era lo más.

Tanto los vaqueros, pistoleros, soldados e indios, a pie y a caballo, eran pequeños muñecos de plástico, de un solo color, que vendían en sobres de 10, y que venían enganchados unos con otros.

lote_31416_2En el pasillo de su casa recreábamos el oeste americano, ayudándonos de otros enseres de la estancia, si la película de ese día lo requería. Y en el centro de todo el decorado, resplandecía el fuerte. Max era el único niño del barrio que tenía uno así, por eso nunca lo sacaba a la calle, para que no se lo quitasen.

Colocados todos los personajes en su puesto, empezábamos a jugar “a buenos y a malos”. Él siempre luchaba con los buenos, que para eso el fuerte era suyo, y además tenía una estrella de sheriff.  Y yo, atacaba con los malos, que claro, como eran malos, siempre morían o se tenían que rendir cuando ya habían perdido hasta los caballos.

Habían unos indios particularmente feos con un hacha en la mano, bastantes inútiles, dado que ya sabíamos cuál iba a ser su final. Pero yo aprovechaba que eran pocos y muy malos para pelear encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, y conseguir que durase más rato la contienda antes de nos matasen de un tiro, porque ellos, como eran buenos, tenían rifles y pistolas.

A veces yo protestaba, porque también quería ser de los buenos, y es que para ellos siempre había un final feliz, además de disfrutar de avanzados recursos defensivos. En cambio mis indios, eran malos y tontos, porque no tenían más objetivo que asaltar el fuerte con sus primitivas hachas y flechas, y matar a los muñecos de mi amigo, para después morir, que es lo que se merecían por ser malos. Aunque confieso que siempre mantuve la esperanza de que alguna vez ganasen.

Sigo adorando las películas del oeste, aunque con los años preferí la sabiduría de Toro Sentado, y sobre todo, sus pipas de la paz. En cambio, mi amigo nunca llegó a fumar. Y es que los malos no suelen dar buenos ejemplos. O viceversa.

Acaso fue la tarde

fotolia_128430240-2Un día más, Laura llegaba a casa con esa pesada sensación de nostalgia en el estómago.

El color violeta de la tarde evocaba aquellos alegres días en los que acaba la jornada impaciente por volver a casa.

Atravesó el umbral de su puerta, lanzó el portafolio sobre la mesa y los tacones al aire. Descorchó un Cabernet Sauvignon y, tras saborear el primer trago, se desplomó en el sillón.

Entornó los ojos y escuchó la dulce voz de Ella Fitzgerald susurrando “I’m beginning to see the light”, y entonces llegaron ellos,  los olvidados anhelos. Las suaves caricias en el cuello, el pelo lentamente enmarañado, las mejillas tibias y las cosquillas bajo la nariz. Sintió el profundo abrazo de su amado ausente, ahora cercano. Poseída por el azul de sus ojos y el brillo de su sonrisa, imaginó que le besaba, cuando una lengua áspera y seca le rascó los labios, devolviéndole de golpe a su sillón.

Con el felino en su regazo, Laura bebió y olvidó.

23

Un 23 de julio me desperté en los brazos de la muerte. Ya debía haber cubierto el cupo del día, así que me lanzó al vacío. Me dejó con todos los huesos rotos, y se llevó mi inocencia.

Volví a cruzarme con ella un 23 de febrero. Fue mi coche el que se precipitó por el barranco, mientras yo me lanzaba al asfalto antes de la caída. Pasó de largo ante mí y, mirándome de reojo, me dedicó media sonrisa.

gameover

Desde entonces, en mi intento de evitar hacer realidad el dicho de “a la tercera va la vencida”, todos los días 23 de cada mes me encerraba en casa. Al principio pasaba largas horas en la cama, imaginando todo tipo de peligros de los cuales debía protegerme,  pero con los años fui dedicándome a esas actividades hogareñas para las que nunca tienes tiempo. En verano, hasta me atrevía a organizar alguna que otra fiesta con los amigos.

El pasado 13 de octubre  una complicación inesperada retrasó mi salida de la oficina, eran circunstancias que se producían de tanto en tanto, pero no revestían importancia alguna. Resuelta la incidencia, y de buen humor, me marché a casa. El cielo tenía un embriagador color violeta, y el aire, más ligero que nunca, me confería esa placentera sensación de velocidad de crucero. Llegué tranquilamente a la puerta de casa, aparqué la moto, y al darme la vuelta comprobé que mi cuerpo no me había acompañado. Tardé sólo unos segundos en hacer la cuenta.

 

La afición de Marta

Elegant lady in evening dressNo había ninguna razón para creer que este marido iba a ser mejor que los anteriores, pensaba Marta mientras fregaba escrupulosamente los platos en los cuales había servido a Raúl su última cena.

Se sentía feliz. “El negro te sienta fenomenal, realza tu figura, y, cuando rematas el conjunto con las perlas que te dejó la abuela, consigues tener ese aire etéreo y elegante que te hace irresistible”, se oía en el altavoz de sus pensamientos.

Como las veces anteriores, Marta estaba segura de haber hecho un buen trabajo.

Hijo de Urano

Hay algo que siempre se escabulle más rápido que una anguila entre las manos. Viene y se va, lento o fugaz. Se aleja y no regresa. Nadie conoce su naturaleza. No es aire ni es gas. No lo puedes atrapar, y aunque es el mismo para todos, cada uno tiene el suyo propio.

      El mío se coló entre el óvulo de mi madre y el espermatozoide de mi padre el día de mi concepción. Crecimos juntos en el paraíso fetal. Yo me sentía feliz de tener compañía. Pero él sólo me miraba y sonreía con ironía. Tras la expulsión, cambiamos de equipo, yo empecé a sumar y él a restar.

      Durante mi infancia él ya manifestaba sus poderes y exigencias conmigo. Aparecía en el cuerpo de mi abuela obligándome a masticar más deprisa. Por las mañanas, en el de mi madre, que me susurraba primero y gritaba después “levántate ya, que llegamos tarde”. Por las noches poseía a mi padre cuando me mandaba a la cama en el momento más interesante. Apar3f9424594cc2332e9b035666288c99f9ecía en la hora del patio dando la campanada de fin del recreo. Todas las tardes en el parque, y los domingos jugando con el Scalextric de mis primos. Cuando él se presentaba, ya podíamos pinchar los globos porque la fiesta  había terminado.

   Fue mi fiel compañero adolescente, aunque no muy buen amigo. Para hacerle justicia, reconoceré que pasamos juntos algunos buenos instantes, en las fiestas del instituto, en el fútbol o en la discoteca, pero me falló cuando más lo necesitaba, aquel penoso día en la cama de Ana.

      Se matriculó conmigo en Económicas y apretó, con tanta asfixia mi horario que, acabé la tesis con matrícula de honor, además de aprender cosas tan útiles cómo llegar al campus saltándome los semáforos en rojo, resolver los problemas de mates en el lavabo, comerme un sándwich mientras me quito los zapatos y otras prácticas acrobacias. En la orla debieron poner su foto y no la mía.

Me acompañó a mi primer trabajo, alentando la impaciencia de mi jefe. Asistió a mi boda y al nacimiento de mi hijo. En estos dos últimos episodios se mostró algo más perezoso, pero tampoco demasiado. Supongo que fue una broma para ponerme nervioso. Desde entonces se ha tornado, si cabe, más cruel conmigo, pocas veces aliado y muchas, enemigo.

      Una noche, paseamos juntos al perro. Yo miraba las estrellas, rogando una tregua a mi perverso gemelo. Y entonces se alzó su voz: “¿Con quién hablas? ¿Te parece que estoy aquí? Porque si lo piensas bien, no existo. No puedes detenerme, ni pedirme que vaya más lento. Disfruto escapándome con tu vida entre mis dedos. Nunca cuentes conmigo, pero hasta el fin de tus días iré contigo. Si me ignoras, me reconocerás cuando te mires al espejo. Soy una paradoja, la pesada cadena que mantiene a los hombres prisioneros. No hay tregua posible, compañero, si no te gusta tu suerte, haberte pedido muerte”. El soniquete de sus palabras se me clavó en el hígado. ¡Qué acidez en el estómago!

       Ahora acepto su fantasmal existencia con resignación. Dicen que le veré en mi último suspiro con una capa negra y una hoz en la mano, como corresponde al despiadado hijo de Urano, pero yo estoy seguro de que aparecerá con traje de Dior y un reloj suizo, que son los de mayor precisión.

La curiosidad no mató al gato

qx2iw
El diablo preguntó al gato si quería ser tigre o pantera, y el gato le respondió que no era tan ambicioso, que sólo aspiraba a tener muchos ratones para comer cada día.
Así fue como el gato atravesó la trampilla de salida a la calle y se encontró con un horizonte lleno de ratones que, al verlo, se abalanzaron sobre él y se lo comieron.

¿Dónde fueron a parar las vecinas cotillas?

                   En la esquina de San Joaquín con Cultura me encontré con tu doble. Iba a cruzar la calle en sentido contrario al mío. Con tu mismo pelo negro, perfectamente recortado, con tus patillas ligeramente alargadas, sugiriendo un falso estilo rockero. No tan bien vestido como tú. Su camiseta verde de algodón también era sencilla pero no de diseño, ni sus pantalones se parecían a tus reconocidos tejanos de insinuado descuido. No me fijé en sus zapatos, pero estoy segura de que sus deportivas no llegaban ni a la suela de las tuyas. Lo que realmente me llamó la atención era la expresión de su cara, su inequívoca mirada te había sido robada. Su aire de falsa humildad, reforzada por un halo de superyó inalcanzable, se anunciaba en el brillo de sus ojos negros, como los tuyos. También a él se le notaba íntimamente satisfecho, por su pose altiva a la par que discreta. Si le hubiese oído hablar, te habría reconocido regodeándote de tus habilidades con fingida modestia. Si le hubiese oído hablar, me habría reencontrado con aquel niñato imberbe, hijo de unos quiero y no puedo, y encantado de conocerse por guapo, simpático e inteligente. Hasta a mí pudiste engañarme. Pero yo te vi crecer.

           Apunto de cruzar la calle, tu doble y yo nos miramos a los ojos, apenas unos segundos, suficientes para leer en el espejo de su alma, que fuiste tú quien empujó a tu hermano con su moto por el barranco. Que te libraste de él porque no soportabas que fuese auténtico y tú, sólo un producto. Suficientes también para evocar la tristeza de su novia Cristina, a la que dejaste embarazada y abandonada tras meses de presunto consuelo. Había en su sombra parte de la tuya, boceto a carbón de la más endiablada de las conciencias.

           Él bajó del bordillo demasiado deprisa, tanto o más que la moto que lo golpeó, lanzándolo por el aire contra la puerta del Bar Condal. Y fíjate que, en el sobresalto, sólo pensé que habías vuelto a tener suerte, y esta vez sería tu doble quién pagase por tus pecados.

App I4000NIM Inductor del ánimo Versión Beta

A una hora temprana de la mañana del jueves, en el hall del sector C del edificio Arco’s, se abrieron simultáneamente las puertas de los ascensores B3X y P2Y, que transportaban hacia la superficie a tres vecinos de sendos niveles. 

–¡Guau! ¡Grrrrrr! 

–Señora, quíteme a este bicho inmundo de encima. Está mordiendo mis pantalones de mil dólares –gritó el señor Sickly.

–Oiga, cómo se atreve a insultar así a mi Pequeño Fufú. Pero ¿quién se ha creído que es usted?, presuntuoso maleducado. Si esos pantalones cuestan mil dólares es que le han timado, estúpido ignorante.

–¡Guau! ¡Grrrrrr!

–¿Maleducado yo? Primero me muerde esta bestia y luego es usted quien me insulta, y ¿me llama maleducado? Lo que me faltaba, está usted peor que el chucho.

–Pequeño Fufú, deja en paz a este caballero, con el cual espero que no nos crucemos nunca más.

–Lo mismo digo, señora. 

–Psssss –el pequeño Fufú no pudo contenerse.

–¡Paf! –sin pensárselo dos veces el señor Sickly propinó una tremenda patada al animal. 

–¡Uuum!

–Pequeño Fufú, ¿qué te ha hecho este cafre? –la señora Fussy cogió a su caniche en brazos y le acarició el lomo dándole besos en la frente.

–¡Bruto! Le denunciaré por violencia y crueldad con los animales.

–¿Pero es que no ha visto que se ha orinado en mi pierna? Mire cómo me ha puesto.

–No me extraña, es usted repelente y huele fatal. ¡Tenga!

–La señora Fussy golpeó con su bolso al señor Sickly.

–Apártese de mi vista, bruja. Y deje de golpearme. ¿Pero de dónde ha salido usted? ¿Es que busca pelea? –La detuvo con una mano y con la otra le dio un ligero tirón de pelo.

–¡Ahhh, energúmeno! ¿Cómo se atreve? Me ha destrozado el peinado. Le odio.

–¡Guau! ¡Guau! ¡Grrrrrr! –el señor Sickly introdujo su portadocumentos en la boca de Pequeño Fufú.

–Vuelva a su casa con ese monstruo enano, mema, y no salgan nunca más -gritó.

Súbitamente, la señora Fussy sintió una punzada de emoción, nadie le había hablado jamás en ese tono. Le miró ladeando la cabeza y sonrió con amabilidad y ternura.

–¡Oh! Es usted un hombre enérgico y con carácter, y el primero que no se rinde ante mí. Creo que me estoy enamorando.

–Olvídeme señora, estoy casado y además no la aguanto –pero la metamorfosis de su vecina y sus palabras le acababan de dejar perplejo–. Aunque… he de reconocer que es la primera vez que alguien me provoca semejante temperamento –el señor Sickly, íntimamente satisfecho, se relajó–. Está bien, lamento lo de su chucho y lo de su peinado. He de volver a casa para cambiarme de pantalones. Buenos días, señora…

–Fussy. Yo también le pido disculpas, le reembolsaré los gastos de lavandería. Hágame llegar la factura, se lo ruego. Vivo en el B325, no lo olvide. Buenos días, señor…

–Sickly.
                                     ***
Veinte minutos antes, el señor Sickly salía de su casa y entraba en el ascensor.

–Buenos días, señor Sickly. ¿Desea repasar su programa para hoy? –sonó la metalizada voz de la cabina.

–Buenos días, P2Y. Hoy tengo reunión con el Consejo del Sector Alpha. No soporto a su director, es un manipulador, y yo, no tengo carácter para imponerme. Cómo me gustaría hacerle sudar algún día.

–¿Sudar, señor? No reconozco esa emoción.

–Da igual, no te preocupes. ¡Ah! Esta noche, después de mucho tiempo, he quedado para cenar con mi esposa, a ver si hay suerte y tenemos sexo.

–Tomo nota señor. Hoy percibirá un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y espero que se cumplan sus deseos. Qué tenga un buen día, señor Sickly.

Simultáneamente, en la cabina del ascensor B3X había entrado la señora Fussy.

–Buenos días, señora Fussy. Buenos días, Pequeño Fufú.

–Buenos días, B3X.

–¡Guau!

–¿Cómo le gustaría sentirse hoy, señora Fussy? No tiene nada programado en su agenda.

–Ay, no sé, si es que estoy tan aburrida de todo. Ya nada me complace. Necesito alguna emoción distinta, inesperada. Que alguien decida por mí –suspiró.

–Le entiendo señora. Quizás la última actualización de mi sistema pueda ayudarle. Notará un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y pase un feliz día, señora Fussy. Igualmente, pequeño Fufú.

–Gracias, B3X, eres el único que me comprende.–¡Guau!

Placer y castigo

Nara y Nina caminaban hacia el trabajo un lunes por la mañana. Nina respiraba profundamente captando los aromas del nuevo día. Contemplaba el cielo, pronosticando la intensidad del brillo de un sol de mediodía que no llegaría a ver. Dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas que le alegraran el día antes de llegar a la oficina. Nara mantenía el semblante rígido.
-Estoy profundamente decepcionada.  Dijiste que no lo volverías a hacer –reprochó Nara.

-Lo sé, no he podido evitarlo, es más fuerte que yo. Lo siento. Perdóname.

-No puedo perdonarte. Ya no lo aguanto más. Eres un ser pusilánime y veleidoso incapaz de cumplir sus promesas. ¿No te das cuenta de las consecuencias de tu proceder?

-¡Ayúdame! O si prefieres, podemos buscar ayuda de algún profesional.

-Ésta era tu última oportunidad. En cuatro años no has sido capaz de superarlo.

-Yo lo intento con todas mis fuerzas, pero cuando me invade la angustia no puedo hacer otra cosa.

-Me tienes a mí en esos momentos, no me anules, sigue mi ejemplo.

-No puedo. Yo no soy como tú y sin embargo, estoy viviendo tu vida y no la mía. ¿Sabes? Creo que esa es la causa de mi problema.
 -¿Pero cómo puedes decir eso? Eres una egoísta, todo lo que tienes es gracias a mí.

-Sí, pero no soy feliz. Yo no te pedí ser una ejecutiva, ni tener la mejor casa ni el mejor coche. Yo no te pedí vivir siempre a la carrera y esclava de la agenda. Yo quería vivir de otra manera.
-Tú no sabes lo que quieres.

***

-¡Buenos días! ¿Qué tal el fin de semana? –dijo Nara en voz alta para que le oyesen todos.
-Buenos días –contestó la auxiliar.
-Muy bien, ha hecho un tiempo estupendo –respondió Luisa.
-Se ha pasado muy rápido –añadió Juanjo.
Nara saludó a todo el equipo, entró en su despacho, se acomodó en su sillón y puso en marcha el ordenador para revisar la agenda.  En menos de dos minutos estaba profundamente concentrada en su trabajo. Sin embargo, algo extraño revoloteaba en la boca de su estómago persistiendo hasta el incordio. Presintió la desesperación de Nina. Prestó atención y una terrible y definitiva idea ascendió hasta su consciencia. Sin pensárselo dos veces, la asumió con toda frialdad.
-¡Hasta mañana, Noelia! –se despidió de  la señora de la limpieza después de una larga y agitada jornada de trabajo.
***

-Hola Nina, ¿ya estás aquí? –preguntó Nara mientras cerraba la puerta de casa.
-¿Preferirías que no estuviese, verdad?
-Aunque no lo creas, yo sólo quiero que te sientas bien. Por tu bien y por el mío.
-Vale, voy a preparar la cena.
-No, espera. No entres en la cocina. Siéntate. Tenemos que hablar.
-Fatídica frase.
-Tu obsesión puede llevarte a una enfermedad grave y estás poniendo en riesgo mi vida, y todo por lo que luchado y trabajado. Tampoco estoy dispuesta a que hables de esto con nadie, me moriría de vergüenza. Hemos de resolverlo juntas o acabar con nuestra relación.
-¿Acabar con nuestra relación? ¿Qué quieres decir? ¿Te has vuelto loca?
-No, sólo estoy agotada y no puedo más. Y tú empiezas a ser una pesada carga.
-¡Muy amable, gracias! Pero sin mí, tu vida sería pura tristeza.
-Quizás, pero también sería orden, sosiego, seguridad. Recuperar la autoestima.
-Trabajo y más trabajo, y envejecer en soledad. Ni todas las mascotas juntas llenarían tu vacío.  ¿Quieres acabar como la loca de los gatos?
-No grites. Hagamos la cena mientras charlamos.
-¡Qué bien! He comprado unas gambas fresquísimas, y con la crema de bogavante que nos sobró ayer haremos un exquisito menú. Me encanta que hagamos cosas juntas. Abriré un vino blanco.
-No te lances, que te conozco.
-Sólo una copa.
-Caerá la botella. No empieces. Te lo advierto.
-Hoy no he comido chocolate en todo el día. Me lo he reservado para después de cenar. Bueno, tengo unas trufas en el congelador. Esta noche vamos a disfrutar. Estoy contenta. No estés tan seria. Me curaré.
-No, no te curarás. Llevas 10 minutos en la cocina y ya te has tomado dos copas de vino, una bolsa de picatostes y una lata de berberechos. Crees que no te veo mientras vacío el lavaplatos.
-A menudo me siento sola, fuera de lugar. No encuentro mi sitio. Y ahora que me siento feliz por estar aquí contigo sólo quiero celebrarlo.
-Deja de beber, por favor, espera a que lleguemos a la mesa.
-¿Y qué más da? ¡Ay! ¡Cuidado! ¿Te has cortado?
-No, sólo se ha roto el plato. Me estás poniendo muy nerviosa.

-Toma un trago.

-Tenías razón, las gambas estaban fantásticas –reconoció Nara después de cenar-. Creo que he bebido demasiado. Voy a ver la tele.
Minutos más tarde, Nara, muy enfadada, recriminó:

-¿Ya estás vomitando?  No me extraña, has acabado con la caja de trufas y el bote de barquillos.
-¡Uf! ¡Qué mal rato! –exclamó Nina con la cara roja y los ojos brillantes.
-Cada noche la misma escena. ¿Cuánto crees que podrá aguantar tu estómago?

-No lo sé.
-¿Estás llorando?
-Sí, te he vuelto a fallar.

-No llores, no llores, por favor. Vamos a darnos un baño relajante antes de dormir.

Nara se sumergió en la bañera, acariciando todo los rincones de su cuerpo con la esponja, y con el afilado cúter que había cogido del escritorio, dibujó dos profundas rayas en cada una de sus muñecas. Así, lentamente, Nina y ella se diluyeron en el agua.

¿Quién dijo estrés?


     Abro los ojos con los tímidos rayos de sol golpeando mi puerta. Salto pletórico de la cama, dispuesto a comerme el campo. Café y buenos días. El equipo en perfecto estado. Desde mi sillón observo el mapa del laberinto. Busco un camino rápido y directo. Dicen que la línea recta no existe, pero hoy sólo es lunes, no estamos para filosofía. Cojo mi picht, mi mejor bola y la lanzo por la ventana. Cruza la ciudad y aterriza en la ladera de la montaña, desde donde empieza a resbalar en dirección al tee del 1. Me llama el jefe, ¿qué querrá? Siempre con prisa. Abro el Outlook y lanzo la bola al green. Leído. Dos putts y la bola está dentro. Prueba superada. Tee del 2. Reunión en dos minutos. No puede ser. ¿Redactar un proyecto para mañana? Mi bola se ha ido fuera de límites, tiraré otra, pero me va a costar caro. Hoja en blanco, no sé por dónde empezar. El hoyo 3 tiene una gran laguna en mitad de la calle. Ahora se cruzan los patos, por si tenía dudas. Tomaré un café, le pegaré con ganas y con la primera página saldrán todas las demás. Green y birdie. No me interrumpas. Un cliente quiere hablar contigo. Nos vemos en el tee del 4. Hay que sortear el muro de piedra y la trampa de arena. Con un poco de paciencia no parece tan antipático. Lo sabía, me he quedado corto. Disculpe le enviaremos la documentación esta misma mañana. ¡Chicos, planificación en el 5! Ideas para saltar la riera y pasar por encima del bunker sin tocar las palmeras. Un fuera de límites a estas alturas pondría en riesgo todo nuestro trabajo. Antes de acabar la mañana llegaremos al 9. Corro al tee del 6. Comunicación pide un cambio de imagen. ¿Y ha de ser hoy? No hay problema. Un tiro creativo y par. Los accionistas esperan en el 7. PowerPoint y artillería pesada para el hoyo más largo del campo. Árboles a la derecha. Más a la derecha estás muerto. La izquierda no aporta nada, pero no molesta. Me han faltado 10 metros para un tiro perfecto. Las relaciones públicas consumen mucha energía. Personalmente prefiero hoyos como el 8, complejos, que requieren concentración, y donde te juegas el amor propio. El green es pura falacia. No necesito más retos, tampoco cobraré objetivos. No hay que tener miedo o estás perdido. Horror, la bola se ha clavado en el talud, cuando la empuje caerá más allá de la bandera. El encargado de taller no ha venido a trabajar, los operarios no saben qué hacer. No puedo creerlo. Doble boggie. Necesito una primitiva, esto me supera. Que se vayan a casa y alguien llame a ese señor. El dolor de estómago de las dos y media. En el 9 me la juego con resignación. Lanzo mi bola y mi fe salta con ella. Bunker y fuera límites por todas partes menos por una. Árboles y un gran desnivel. ¡Chicos, a comer! Bola en el antegreen. Ya da lo mismo, un par no me arreglará la tarjeta. A la tarde, auditores y los otros 9.

Un caso más

 -Hola Antonia, ¿qué te pasa esta mañana? Te veo con mala cara.

-Mi Germán, que lleva dos días sin venir a dormir.
-Bueno, mujer, no te preocupes. Ya tiene edad para hacer su vida. Se habrá liado por ahí con alguna chavala.
-No. Mi Germán es muy presumido, no estaría dos días sin cambiarse de ropa. Además le llamo al móvil y no da señal.
-No sufras tanto, que luego no será nada, ya verás.
            Antonia, acabó un día más esperando con impaciencia a que su hijo apareciese por casa. No era la primera vez que el menor de su prole pasaba varias noches fuera, pero sí la única en que aún estaba convaleciente de dos duros y casi simultáneos golpes: el fracaso de su proyecto empresarial y la ruptura con su novia.
            En la mañana del cuarto día, el desasosiego llevó a Antonia a recorrer con la memoria las caras de algunos amigos de su hijo, pero no sabía cómo dar con ellos. Revolvió la ordenada habitación de Germán buscando alguna antigua agenda que le pudiese facilitar los contactos. Pero ¿cómo los identificaría?
            Germán había salido de casa el sábado por la noche después de cenar. Iba muy arreglado, pero no tan extremado como de costumbre. Una hora antes, una tal Diana le había llamado por teléfono. Empezaría por ahí. ¿Quién era Diana?
            No encontró ningún papel que contuviese información útil a sus pesquisas, así que llamó a su hijo mayor y le pidió que viniese para poner en marcha el portátil de su hermano. Ahí seguirían buscando.
            Luis, complaciendo a su madre, accedió a los contactos de Outlook de Germán con quien mantenía una nula relación. Encontraron el teléfono de Diana.
-¿Diana?
-Sí, dígame.
-Soy la madre de Germán. Te llamo para preguntarte si sabes dónde está. Hace días que no viene por casa.
-¿Ah no?  Pues estuvimos juntos el sábado por la noche en Psicotic pero se marchó antes que yo y no se despidió. Le llamé el domingo, pero no me contestó.
-¿Sabes de alguien que pueda decirme dónde está o qué le ha pasado?
-Pues no sabría decirle, hace muy poco que vamos por ahí.
-Gracias. Si tienes noticias de él, dile que me llame, por favor.
            Antonia era una mujer de avanzada madurez, en todos los sentidos. Tenaz e incansable. Sus inacabados estudios primarios no le impidieron ser una trabajadora autónoma que crió sola a sus tres hijos, a los que seguía amparando y socorriendo en sus desdichados destinos. Esta vez tampoco se rendiría.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
-Mire, hace cinco días que mi hijo salió de casa y no ha vuelto. Creo que le puede haber pasado algo.
-Sí, espere un momento que le pasaré con un compañero. Déjeme su DNI, por favor.
-¿Señora Ramos? –se oyó minutos más tarde en la sala de espera de la comisaría de los mossos d’esquadra. Acompáñeme, por favor.
            En el despacho del policía, Antonia explicó sus peores presagios. Pero éste le restó importancia, explicándole que en estos casos suelen ser las  personas las que se han marchado por voluntad propia. Antonia insistió en que su hijo no tenía recursos económicos, que estaba en el paro y que, a pesar de sus 27 años, dependía totalmente de ella. Finalmente, el agente recogió todos los datos, registró la denuncia y se quedó con la fotografía.
-Le avisaremos si damos con él.
-Gracias, agente.
            Llegando a su casa, se encontró con Gloria, una vecina del barrio y vieja amiga de su hijo.
-Hola Gloria, ¿has visto a Germán últimamente?
-No, ¿le ha pasado algo? –contestó Gloria extrañada, sabiendo de la estrecha relación de Germán con su madre.
-Hace varios días que no viene por casa.
-Nos vimos hace un par de semanas. Me dijo que estaba saliendo con Diana. Le avisé de que tuviese cuidado, porque Diana está vendiendo pastillas, y seguramente intentaría meterlo a él en el negocio. Ella se mueve en ambientes conflictivos, y Germán no está acostumbrado. Pero se rió de mí, como ahora soy mamá.
-¿Qué pastillas son esas?
-Las drogas de moda. Dan mucho dinero.
-¿Germán toma pastillas?
-No creo, siempre fue de la liga antidrogas. Ni drogas ni alcohol. Era el chico Coca-colas.
-Si sabes algo avísame, por favor. Ya sabes dónde vivo. Adiós.
            La conversación con Gloria había acentuado aún más sus temores. Esa noche, después de hablar por teléfono con su hija y sus dos nietas, se sintió con coraje para trazar un metódico plan de búsqueda, patearía la ciudad calle a calle enseñando la foto de su hijo en todas partes y dejaría algunos carteles colgados con el teléfono de contacto. Empezaría por los alrededores de la discoteca.
            Al día siguiente, al salir del trabajo, Antonia cogió el mapa de Barcelona, la T-10 del metro y empezó su ronda. Dedicaba cinco horas diarias a su misión. A pesar del cansancio en lo más profundo de sus huesos y el desconsuelo de no haber obtenido resultado alguno en toda la semana, se mantuvo perseverante con la esperanza de dar con él. Caminando y rezando. Oteando parques, jardines, plazas, ramblas, avenidas. Visitando hospitales, iglesias, centros de acogida y estaciones de todos los medios de transporte urbano. Ya le quedaba poco por señalar en el mapa. Nadie lo había visto.
            El viernes de la semana siguiente, en el Camí de la Foixarda lo encontró. Estaba tumbado en un banco. Sucio, con barba y muy delgado. Conservaba su ropa, pero no llevaba zapatos. Se acercó a él emocionada, con lágrimas en los ojos y dando gracias a Dios. Le acarició la cara con ternura y le besó. Él se incorporó y con mirada extraviada le preguntó:
-¿Tú quién eres?
            Germán pasó varios años en el psiquiátrico, se convirtió en un enfermo crónico y le reconocieron la incapacidad total. Lo único que recuerda de esa última noche en la discoteca es que se estaba tomando una Coca-cola.

Reminiscencia

eilean_castle

Subieron al coche, grabaron su destino en el GPS y emprendieron el viaje. De esta manera, Javier y Diana empezaban sus vacaciones de Semana Santa. Un merecido descanso para Diana, que se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo en el hospital. Para Javier, una nueva oportunidad para consolidar la relación entre ambos.  
 
-Daniel nos ha invitado por su cumpleaños a pasar el fin de semana en su casa de la costa –informó Javier, bajando el volumen de la música.

-¡Estupendo! Otra ocasión para relajarse y pasarlo bien –respondió Diana.

-No estoy seguro de querer ir. Es una escapada de parejas.

-Nosotros también somos una pareja.

-Que no pueden vivir juntos –remató Javier en tono sarcástico.

-No vuelvas otra vez con lo mismo. Ya lo hemos hablado. A mí me gusta vivir sola. Además, mira qué clase de vida llevo. ¿Para qué serviría complicárnosla más? Ya pasamos algunos fines de semana juntos y las vacaciones, ¿qué más quieres?

-Compromiso. Sólo soy tu opción de tiempo libre. No conozco a tu familia ni a tus amigos. Sólo vienes y te vas, cuando te apetece. Y yo siempre estoy aquí.

-No me presiones, por favor. Dame tiempo. Quiero cambiar de ritmo, pero aún no estoy preparada.

Diana subió de nuevo el volumen del equipo de música y se hizo el silencio entre ambos. Unos kilómetros después volvió a hablar.

-¿Paramos a tomar algo? Y después, si quieres, conduzco yo.

-De acuerdo, en el próximo pueblo –contestó Javier.

Sentados en la barra del pub, dieron un vistazo a unos folletos turísticos que encontraron a la entrada. A Diana la foto del Castillo de Blarny le resultó familiar, la observó durante unos instantes y propuso hacer una visita. La camarera les indicó por dónde debían comenzar su excursión, advirtiéndoles que si no se daban prisa, lo encontrarían cerrado.Dos calles más abajo, salieron del pueblo y se adentraron en un bonito sendero que atravesaba el bosque.

-Este lugar me parece entrañable, es como si ya lo conociese. Debo haberlo soñado -comentó Diana con voz nerviosa- ¡Um! ¡Qué bien huele! me evoca mi niñez –continuó diciendo mientras aspiraba profundamente.

El sonido de las hojas, el canto de los pájaros y el aroma de las plantas pusieron a Diana en éxtasis. Sintió ganas de llorar de emoción. Pero se contuvo.

-Estás disfrutando. –soltó Javier, que sabía del placer que el contacto con la naturaleza le producía, mientras hacía algunas fotos.

-Este lugar es maravilloso. Me encanta. Podría vivir aquí para siempre –respondió Diana.

Un buen rato después divisaron un claro en el bosque. A Diana empezó a palpitarle el corazón con tal intensidad que casi se sentía mareada. Al final del sendero se alzaba el castillo. Lo contemplaron unos minutos, y ella comenzó a hiperventilar.

-¿Qué te pasa, te encuentras mal? –preguntó Javier.

-No sé qué me pasa, me estoy mareando, tengo taquicardia. Estoy muy angustiada, quiero salir de aquí. Me duele el pecho.

-Tienes un ataque de ansiedad. Vuelves a estar estresada.

-No, qué va. Sólo quiero irme. Haz las fotos y nos marchamos, por favor.

* * *

¿La has visto? Ha pasado por nuestro lado y no nos ha saludado. No nos habrá reconocido. Hace mucho tiempo que se marchó. Ya somos árboles viejos y estamos algo estropeados, seguro que no nos ha reconocido, porque ella nunca se olvidaría de nosotros. ¡Cómo echo de menos sus cantos y sus abrazos! ¿Crees que habrá vuelto para quedarse? Después de lo que le hicieron en el castillo… ¡Uf! ¿Recuerdas como se oscureció el cielo durante tres días? El bosque se quedó en silencio y todos nosotros mudos de tristeza. ¡Pobrecillos el ciervo y el halcón! No soportaron vivir sin ella y murieron de añoranza. ¡Ay, qué tragedia! No quiero recordarlo. Daphne era más que una amiga. Ella nos curaba las heridas con sus hierbas. Yo creo que los de la aldea también echaron de menos sus remedios. ¡Es que sus manos eran mágicas! Si esa bruja del castillo no se hubiese obsesionado con ella, el conde no la habría secuestrado. ¡Qué necio! Mira que intentar casarse con ella por la fuerza. Si aún la hubiese cortejado como a una princesa… ¡Miserable! Nosotros también hubiésemos preferido morir antes que abandonar el bosque. ¡Menos mal que se hizo justicia! Porque la vieja murió retorciéndose de dolor y el hijo se volvió loco. Aunque para mí, es menos de lo que se merecían. ¿Verdad que tengo razón? Pero ¿por qué habrá ido hasta el castillo? Y ¿quién era ese que le acompañaba?

* * *

Llegaron de nuevo al pub y Javier pidió una habitación para dormir. Diana tomó un té y se metió en la cama. Javier bajó a cenar.

-¿Su esposa no se encuentra bien? –preguntó la camarera.

-No, durante el paseo se ha sentido indispuesta. Hemos llegado hasta el castillo pero no lo hemos visitado –explicó Javier.

-¿Está embarazada?

-No, sólo está agotada. Necesita relajarse un poco.

-Bueno, no se preocupen por la visita al castillo –añadió la camarera-, por dentro es un poco siniestro y está medio en ruinas. La única zona en buen estado es una sala en la que dicen que asesinaron a una curandera que vivió en el bosque hace unos 300 años. Se conserva la lanza que le atravesó el corazón y algunos muebles del dormitorio donde se encerró hasta morir el conde que vivía en él. Dicen que se volvió loco. Como verá, la leyenda es un tanto oscura. Lo más agradable es el paseo que lleva hasta allí. El bosque y el sendero junto al río están muy bien conservados.

-Sí lo hemos visto –confirmó Javier.

Javier cenó y cuando subió al dormitorio ella ya se había dormido. Por la mañana se levantaron y continuaron su viaje como si nada hubiese pasado.

Regreso a Asilah

 

medina-de-asilah

Medina de Asilah (www.minube.com/rincon/medina-de-asilah)

Se habían hecho mayores y la entrañable amistad que mantuvieron durante 25 años era ya irrecuperable.

Ramón cumplía hoy los 60. Con la jubilación anticipada bajo el brazo, se disponía a hacer realidad su sueño. Tendría que ser en solitario, pues ella había desaparecido de su vida varios años atrás. Aunque en cierto modo se sentía culpable por ello, estaba decidido a seguir adelante. Compraría él sólo esa casa en el norte de África y se dedicaría a pintar.

Llegó una mañana soleada a Asilah, un bonito pueblo blanco y azul en la costa Atlántica de Marruecos. Le esperaba Ibrahim en la puerta de la estación. Se abrazaron y caminaron juntos hasta su nueva casa. En la puerta se despidieron y Ramón dedicó el resto de la tarde a colocar sus enseres personales. Antes del anochecer, salió a pasear por la Medina, quería contemplar los últimos rayos de sol en el horizonte marino. No pudo evitar volver a pensar en ella. Reprimió la emoción de los recuerdos y se dirigió a su restaurante favorito. A sólo diez metros del local, el corazón empezó a saltarle en el pecho.

 

No veo nada

     No veo nada. Estoy en la cama. ¡Qué bien me siento! Llevo un chute de Valium o algo mejor. Morfina, seguro. Hace frío. Voy a dar la luz. Es de día, estaba dormido. Habitación 414, ahora lo recuerdo, me dolía mucho el pecho. Pues estoy estupendamente. Si es que somos buenos, para que luego se quejen. Llamaré a la auxiliar. ¿Qué hora es? No sé a quién le toca el turno en esta planta. Voy a ver. ¡Dios! Me levanto y sigo acostado. Me han tapado la cara, no puede ser, estoy muerto. No puede ser, no puede ser. Tranquilo, tío. Respira, respira. Tranquilo, no pasa nada. Esto es un sueño. Una pesadilla o un viaje astral por los sedantes. Lo he visto en Cuarto Milenio. Laura, es Laura. ¿Qué hace? Está llorando. No llores, por favor, esto un sueño, no es real. Para ella estoy muerto. No puede ser, tengo 54 años y dos hijos, aunque pasan de mí. Da igual, no quiero estar muerto. Mi madre, mi tía… están todos aquí. Respira hondo. Esto se me va de las manos. ¡Ay, Dios! ¿Qué hago? Volveré a la cama, abriré los ojos y todo habrá acabado.
   -Perdonen, tenemos que bajarlo al depósito. Lo sentimos mucho, era una gran persona. Les acompañamos en el sentimiento. Señora García, necesitaremos que nos firme unos papeles, cuando pueda.
¿Qué dice este tío? ¿Quiénes son? Nos los conozco. Serán de la morgue. ¿De qué turno? ¡Qué frío que estoy, coño! Voy a abrir los ojos y fin de la pesadilla. No me muevo. No me muevo. No lo consigo. No controlo mi cuerpo. ¡Socorro! Estoy en coma, eso es. ¡Tía Julia cállate ya! Siempre odié ese sollozo tuyo. Al final nos vamos a morir todos antes que tú. Respira, respira. Me calmo. Me dio un infarto. Pero estoy bien, ya estoy bien. No me pasa nada, sólo estoy asustado. Son las alucinaciones de los calmantes, me dolía mucho, morfina, es morfina, a todos los pacientes les pasa. ¿Qué hago? Me quedaré quieto un rato más.
   Ya me llevan. Me van a meter en el congelador, está claro. A ver, cómo consigo despertarme. Yo me bajo, prefiero ir andando. Además estos van a lo suyo. Que perdió el Valencia. El que tiene que perder es el Madrid, capullo. Míralas ellas, Rosa y Juana. Ya están murmurando. Hablan de mí, seguro. Sí, es cierto Rosa, ayer estaba de cachondeo con las viejas de la 501, y qué. Me encontré mal. Pero ya me estoy recuperando. Aquí pasan todos de mí. Soy el protagonista de Ghost. Respiro, respiro. No es tan malo, me siento bien, no me duele nada. Aquí afuera se está caliente. ¿Qué les digo yo a estos? Corrillos por todas partes. Benjamín, el tema del día. ¿Qué Javier está destrozado? ¿Qué estaba de guardia? Pero qué mala suerte la mía, si ese tío me tiene una envidia que no puede porque siempre he ligado más que él, con todo lo que va de guaperas. ¡Colega, te has pasao! ¿Por qué me pones a este tío en urgencias el día que me pongo enfermo? Voy a ver a Javier, como en la peli. ¡Tíos, cuidad de mí! Joder, si me meten en el frigo y no estoy muerto lo estaré. No voy a despertar. ¡Dios, qué va a ser verdad que estoy muerto! Pero si es una pesadilla, da lo mismo. ¡Uf! Respira, respira. Voy abajo. Javier y Luís hablando de mí, no podía ser de otra manera. Soy la estrella. Se marcha a casa. ¿Cuánto llevará aquí? ¿Cómo no nos van a dar infartos? Cabrones, y cada día cobrando menos. Sí que parece afectado. No puedo creerlo, dice que me admiraba por mi carácter, que contagio mi alegría y buen humor a todos. Soy espontáneo y todos me quieren… Estoy hablando en presente, es porque no estoy muerto, seguro. Voy a despertar. Lo sé. Así, que me envidaba por eso y no porque me enrollé con Carmen, mira tú qué sorpresa. No me lo esperaba. No sólo tú tienes que aprender, tío. Todos aprendemos de todos. Y yo, ¿qué tengo que aprender?


Perdido en el armario

   Como todas las semanas, al terminar la reunión de coordinación, Ana y Laura se quedaron en la sala discutiendo sus respectivas propuestas. Estaban tan absortas en la conversación que no se percataron de que alguien abría la puerta, hasta que escucharon:
   -¡Qué sorpresa señoras! Perdonen que las llame así, pero es que aún no nos conocemos. ¿Cómo se encuentran? ¿Qué hacen ustedes en mi ropero? Contesten primero a lo segundo.
Miraron atónitas al hombre de pelo negro, pobladas cejas, lentes redondas y amplio bigote que, desde la puerta, hablaba sin parar. No respondieron. Pero en menos de un minuto, ambas estallaron en una irreprimible carcajada.
El hombre entró en la sala y dio un par de vueltas alrededor de ellas.
  
   -Oh! Les entiendo. Yo suelo producir ese efecto en las mujeres –dijo llevándose con una mano un puro a la boca y balanceando con la otra un sobrero.
Ana fue la primera en recuperar la compostura y responder.
    -Pero hombre, ¿dónde va usted vestido así? Si aún no es carnaval. Y ¿cómo ha llegado hasta aquí arriba? ¿Quién le ha dejado subir?
   -Éste debe ir a un casting y se ha perdido –murmuró Laura.
  

   -No disimulen con tantas preguntas, señoras, sé que en el fondo me adoran y por eso se han metido ustedes en mi armario, pero díganme ¿qué han hecho con mis camisas? Tengo que vestirme para ir a la ópera –explicó el caballero de chaqué negro.
Ana se puso firme y en un tono ligeramente más serio replicó. 
  

   -Es usted muy gracioso.
   -Friki diría yo –apostilló Laura.
   -Pero aquí estamos trabajando –siguió Ana. ¿Va usted disfrazado por algún motivo? ¿Es actor y busca trabajo? En ese caso tendrá que bajar a recepción y pedir número para la bolsa de trabajo. Venga, haga el favor de marcharse y no dé más la lata.
   -¡Pirado! –Remató Laura.
   -Oiga, no ha parado usted de hablar desde que he llegado, la debieron vacunar con la aguja del tocadiscos –protestó el hombre encarándose con Ana.
   -¡Es bueno, el jodío! ¡Si es que parece auténtico! se exclamaba Laura en voz baja.
Mientras el buen señor paseaba de un lado a otro sin parar de fumar, las dos compañeras se miraron y hablaron entre ellas.
   -¿Qué hacemos ahora? ¿Llamamos a seguridad o buscamos una solución más creativa? –se adelantó Laura.
   -La dos cosas. Déjame a mí –respondió Ana.
   -A ver caballero, nos decía que estaba usted buscando una camisa en su ropero. Creemos que se ha equivocado de puerta, ¿ha probado en esta otra? –indicó Ana al visitante señalándole la puerta del archivo.
   -Pues no, pero voy a hacerlo. Puede que tenga usted razón. Ha sido un placer conocerlas, señoras, aunque vayan ustedes vestidas como mozos de cuadra. ¡Enchanté! –se despidió el hombre haciendo una reverencia mientras abría la puerta del archivo y se metía en él.

Bendita y maldita mentira

   Me despertaba todas las mañana el tierno susurro de mi madre -María, cariño, es hora de levantarse-. Le oía correr las cortinas y subir las persianas, y cuando los rayos de sol se reflejaban en mi almohada, ella se sentaba a mi lado y me estrechaba en un larguísimo abrazo. Con la mejilla apoyada en su pecho, yo me abandonaba al dulce vaivén de sus brazos aspirando su inconfundible aroma.

Después de esos maravillosos minutos, mi madre empezaba a narrarme, con todo lujo de detalles, cómo sería el día de mi décimo aniversario. Cada una de sus palabras resonaba en lo más profundo de mi pecho y, mi estómago se encogía de impaciencia y de emoción.
   En ocasiones, mi padre nos observaba desde la puerta. Si yo le miraba, él me sonreía, pero de una forma distinta a como lo hacía ella. Años después entendería la profunda compasión que disimulaba su mirada.
   Mamá me vestía para ir a clase como a una princesa. Mis compañeras me envidiaban, excepto por la silla de ruedas. En el colegio todos me trataban amablemente. Sólo en alguna ocasión, los niños más malos me decían groserías y, aunque yo me desanimara, mi salvadora madre argüía razones suficientes para seguir manteniéndome ilusionada.
   Un día, poco después de cumplir los nueve años, mi padre entró en mi habitación, se sentó frente a mí y cogiéndome la mano, me dijo que tenía que marcharse. –Me voy a trabajar a otro país, María. Te llamaré cada semana para ver cómo estás-. –Pero papá, ¿no estarás aquí para el gran día? No puedes faltar el día de mi cumpleaños- le dije con lágrimas en los ojos. No podía entender que para él no fuese tan importante como para nosotras ese ansiado momento, en el que al cumplir los diez años, yo recuperaría la memoria para caminar. Mi padre no dijo nada más, me besó en la frente y se marchó.
   Mi noveno año duró una eternidad. Entre sueño y fantasía, recreaba noche tras noche las imágenes de una vida que aún estaba por llegar. Mi madre, ese año, tenía aspecto de cansada pero ya en el mes de febrero, tres meses antes, comenzó a organizar mi fiesta de aniversario. Sus ojeras crecían igual que los paquetes de regalos en el interior de mi armario. Ella preparó las invitaciones para la familia y yo las de mis compañeras de clase. Fuimos al centro comercial. Compramos un vestido maravilloso y pasamos por la peluquería y la zapatería. Ahora los zapatos serían una pieza importante en mi vestuario. También visitamos al pastelero y le encargamos una gran tarta de tres pisos, como la de las bodas.  
   Faltaban sólo dos semanas y mi nerviosismo era tal que apenas comía, no podía dormir y me concentraba muy poco en clase. Mi madre entonces consiguió un jarabe de hierbas relajantes que me tranquilizaba y me ayudaba a dormir.
   La noche anterior, dando un último vistazo al salón engalanado y con todos los regalos apilados sobre la mesa del revistero, mi madre apagó las luces. Me acompañó a la cama y dándome una dosis doble de jarabe, trató de sosegar mi emocionada angustia con caricias y tiernas palabras.  
   El abrazo de esa noche fue más largo que de costumbre, me apretó tan fuerte contra su pecho que casi pierdo la respiración. Ella también estaba emocionada. 
 
                    *  *  * 
 
   – ¿Cómo puedes seguir mintiéndole día tras día? –reprochó una vez más David a su mujer- ¿Qué le dirás cuando descubra que le has estado engañando todos estos años con la fantasía de recuperar la memoria para caminar? Los médicos lo dejaron bien claro. Su enfermedad es congénita. Nunca podrá caminar.
    -No tienes derecho a discutir mis métodos. Te rendiste desde el principio y la has tratado siempre como si no fuese normal -respondió Julia en un tono suficientemente más alto.
    David dio media vuelta y se marchó sin responder. Habían tenido esa discusión tantas veces que la brecha abierta entre ambos era ya irreparable. Desde el nacimiento de María, David se había sumido en un estado gris del que no lograba salir. Ella en cambio, se había hecho fuerte construyendo una ilusión que daba sentido a su vida y a la de su hija.
Julia no dejaba de recordar sus últimas palabras con David y el precio que había tenido que pagar por su mentira.
  
                     *  *  *
 
   Se me cerraban los ojos cuando le oí decir:
   -Recuerda María que te quiero más que a nada en el mundo, tú eres toda mi vida- y plácidamente me dormí.
 Unas horas después abrí los ojos, parecía de día por la luz que entraba por las rendijas de la persiana, pero mi madre esa mañana no estaba allí. Esperé un momento a que apareciese mientras intentaba mover las piernas de un lado a otro de la cama. Ya sabía cómo era ese ejercicio. Al principio mis piernas parecían las mismas de otros días. Concentré toda mi fuerza en ese intento y muy ligeramente se desplazaron entre las sábanas. Mi corazón empezó a trotar de alegría.
   -¡Mamá! ¡Mamá! Ven por favor, ¿dónde estás?- grité excitada.
Pero mi madre no contestaba. Me agarré a la mesita de noche y conseguí arrastrar las piernas hasta el suelo. Di media vuelta y, de espaldas, con los brazos apoyados en la cama y mis pies descalzos sobre la moqueta, conseguí ponerme en pie.
   -¡Mamá por favor, ven, ayúdame!- Julia seguía sin aparecer.   
La casa aún mantenía las ventanas cerradas.
    –¿Mamá te has dormido?– Estaba tan nerviosa y tan segura de que iba a caminar, que no quería hacerlo sin que ella lo viese. Pero no obtuve respuesta.
 Apoyada en unos bonitos bastones que habíamos comprado dos meses antes, avancé el pie derecho. Luego el izquierdo. Y así, caminé.
   -¡Mamá! ¡Mamá!
   Llegué con un poco de esfuerzo hasta su dormitorio. Parecía dormida. Me acerqué a la cama y soltando los bastones me senté a su lado. La zarandeé. Pero no se movió.
 

La importància d’una mirada

     Encara no m’explico l’efecte de la seva enigmàtica mirada, fosca, penetrant, capaç de retenir-me al seu costat una temporada.
     Aquella tarda no va ser com les altres.

     Asseguda en la barra del bar distreia el meu avorriment observant el buit. Llavors va entrar ell, els seus ull em van traspassar i em van retornar unes velles pàgines del llibre de la meva vida. Ell va creure que havia lligat. Es va apropar a mi i vam beure junts, sortim al poc a prendre l’aire.
     Sota els fanals del parc, ens vam mirar amb insolència. Els seus ulls pertorbadors em vam paralitzar el cervell. De sobte, vaig parlar: “Jo et conec. Tu i jo hem viscut junts”, no podia creure’l. Ho vaig intentar arreglar: “Crec que ho he somiat”. No es va sorprendre. Havia de pensar que lligant jo era bastant original.
     Aquella mateixa nit ens vam ficar al llit. Aquella mateixa setmana, jo tenia les claus de la seva casa. Aquell mateix mes, va ser ell qui va venir a viure a la meva. Va ser una relació estranya, ni tan sols estava enamorada, només era un capítol dels meus records. Un dia em vaig despertar, després de dos anys, els seus ulls eren opacs, la seva mirada apagada. El misteri s’hi havia esfumat, i simplement ens vam dir adéu.

El mensaje de Nicolás

-¡Cállate ya!, no lo soporto más, ¡Deja de torturarme! -Grité en voz baja para no despertar a mi esposa, que ya emitía los sonidos de un sueño profundo.

Consciente de estar hablando conmigo mismo, me calmé y decidí adoptar una actitud dialogante:

maquiavelo2

-¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

El mantra que había estado resonando en mi cabeza una noche tras otra desde hacía varias semanas, dejó de oírse. Con la respiración contenida esperé que todo hubiese acabado allí. Pero el silencio duró sólo unos minutos.

“Has de ser feroz como un león y astuto como un zorro.” –entonó. Y después de ese nuevo mensaje, nunca más volví a oírle.
-¿Por qué oigo esa voz? ¿Tú qué crees que significa? –pregunté a Óscar, psiquiatra y amigo de toda la vida.

-Desde esa última noche no he podido pensar en otra cosa, mi inquietud va en aumento, a duras penas puedo concentrarme y temo que algo pueda poner patas arriba toda mi vida –le expliqué en tono desesperado a la única persona en quien confiaba plenamente. Óscar se quedó perplejo y pensativo, pero en pocos segundos encontró una respuesta.
-Deja de preocuparte, céntrate en el presente. Es posible que todo esto sea sólo fruto del estrés. Estás en una situación difícil. La prensa se ha cebado contigo. La mente angustiada siempre busca salidas, a veces inverosímiles y sorprendentes. Te recetaré unos tranquilizantes y hablamos en unos días –propuso. No me sentí mejor, pero acepté y nos despedimos con un abrazo.

Saliendo del edificio, desconecté el móvil y deambulé en coche por toda la ciudad durante varias horas, deseando que mi universo recuperase el orden perdido. Óscar podría tener razón –reflexioné-. Mi partido había perdido credibilidad. Los medios me calificaban de político mediocre. Mi popularidad había aumentado a causa de los numerosos chistes que circulaban por la red. Y la ejecutiva y otros tantos sectores me presionaban cada vez más. Sin embargo una parte de mí sólo deseaba descifrar el críptico mensaje. ¿Sería tal vez la voz de mi conciencia?

Llegué a casa y al abrir la puerta le encontré de pie en el recibidor. Un hombre de media altura, cabeza pequeña, cara angulosa y tez blanquecina, poco cabello y de color castaño, con la frente despejada. Vestido entre noble y seglar, con una capa oscura sin mangas sobre un sayo rojizo atado al cuello. Llevaba medias y zapatos cerrados. Olía a rancio. Nos miramos fijamente. Me sentí mareado y asustado. Tenía que ser una alucinación, pero la enfermedad no estaba entre mis posibilidades. Entonces volvió a pronunciarlo:

“El fin justifica los medios”.
“He venido a explicártelo” –añadió.

Un home feliç

      Portava una vida tranquil·la, aquesta que ajuda a conservar la salut. La seva casa era el seu palau. El món, un destí per les vacances. La televisió, la seva major distracció. A la seva manera, era un home feliç.
      En el fons es negava a madurar i protegia feroçment el seu món de cristall. En ocasions buscava nous plaers que no aconseguia esgotar per la seva curta caducitat. Llavors tocaven campanes d’amor, mudes per falta de cor. A la seva manera, seguia sent un home feliç.
      Un dia va caure sobre la seva closca l’ombra del dubte i la seva casa es va enfosquir. Va buscar entre els records sensacions d’un temps millor, però llavors va arribar la culpa i juntes ho van destronar de la seva complaença i satisfacció. A la seva manera, havia estat un home feliç.
      Ja no podia oblidar el que havia deixat en el camí, grans moments per estimar, la valentia per lluitar, un món interior per explorar i muntanyes de saviesa per escalar. A la seva manera, es recordava un home feliç.
      Va continuar amb la seva vida tranquil·la, però la salut li va abandonar. Ja era un home gran. Mai va tenir néts, ni gens que explicar, només alguns amics com a única família per entretenir la seva soledat.