23

Un 23 de julio me desperté en los brazos de la muerte. Ya debía haber cubierto el cupo del día, así que me lanzó al vacío. Me dejó con todos los huesos rotos, y se llevó mi inocencia.

Volví a cruzarme con ella un 23 de febrero. Fue mi coche el que se precipitó por el barranco, mientras yo me lanzaba al asfalto antes de la caída. Pasó de largo ante mí y, mirándome de reojo, me dedicó media sonrisa.

gameover

Desde entonces, en mi intento de evitar hacer realidad el dicho de “a la tercera va la vencida”, todos los días 23 de cada mes me encerraba en casa. Al principio pasaba largas horas en la cama, imaginando todo tipo de peligros de los cuales debía protegerme,  pero con los años fui dedicándome a esas actividades hogareñas para las que nunca tienes tiempo. En verano, hasta me atrevía a organizar alguna que otra fiesta con los amigos.

El pasado 13 de octubre  una complicación inesperada retrasó mi salida de la oficina, eran circunstancias que se producían de tanto en tanto, pero no revestían importancia alguna. Resuelta la incidencia, y de buen humor, me marché a casa. El cielo tenía un embriagador color violeta, y el aire, más ligero que nunca, me confería esa placentera sensación de velocidad de crucero. Llegué tranquilamente a la puerta de casa, aparqué la moto, y al darme la vuelta comprobé que mi cuerpo no me había acompañado. Tardé sólo unos segundos en hacer la cuenta.

 

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