Un caso más

 -Hola Antonia, ¿qué te pasa esta mañana? Te veo con mala cara.

-Mi Germán, que lleva dos días sin venir a dormir.
-Bueno, mujer, no te preocupes. Ya tiene edad para hacer su vida. Se habrá liado por ahí con alguna chavala.
-No. Mi Germán es muy presumido, no estaría dos días sin cambiarse de ropa. Además le llamo al móvil y no da señal.
-No sufras tanto, que luego no será nada, ya verás.
            Antonia, acabó un día más esperando con impaciencia a que su hijo apareciese por casa. No era la primera vez que el menor de su prole pasaba varias noches fuera, pero sí la única en que aún estaba convaleciente de dos duros y casi simultáneos golpes: el fracaso de su proyecto empresarial y la ruptura con su novia.
            En la mañana del cuarto día, el desasosiego llevó a Antonia a recorrer con la memoria las caras de algunos amigos de su hijo, pero no sabía cómo dar con ellos. Revolvió la ordenada habitación de Germán buscando alguna antigua agenda que le pudiese facilitar los contactos. Pero ¿cómo los identificaría?
            Germán había salido de casa el sábado por la noche después de cenar. Iba muy arreglado, pero no tan extremado como de costumbre. Una hora antes, una tal Diana le había llamado por teléfono. Empezaría por ahí. ¿Quién era Diana?
            No encontró ningún papel que contuviese información útil a sus pesquisas, así que llamó a su hijo mayor y le pidió que viniese para poner en marcha el portátil de su hermano. Ahí seguirían buscando.
            Luis, complaciendo a su madre, accedió a los contactos de Outlook de Germán con quien mantenía una nula relación. Encontraron el teléfono de Diana.
-¿Diana?
-Sí, dígame.
-Soy la madre de Germán. Te llamo para preguntarte si sabes dónde está. Hace días que no viene por casa.
-¿Ah no?  Pues estuvimos juntos el sábado por la noche en Psicotic pero se marchó antes que yo y no se despidió. Le llamé el domingo, pero no me contestó.
-¿Sabes de alguien que pueda decirme dónde está o qué le ha pasado?
-Pues no sabría decirle, hace muy poco que vamos por ahí.
-Gracias. Si tienes noticias de él, dile que me llame, por favor.
            Antonia era una mujer de avanzada madurez, en todos los sentidos. Tenaz e incansable. Sus inacabados estudios primarios no le impidieron ser una trabajadora autónoma que crió sola a sus tres hijos, a los que seguía amparando y socorriendo en sus desdichados destinos. Esta vez tampoco se rendiría.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
-Mire, hace cinco días que mi hijo salió de casa y no ha vuelto. Creo que le puede haber pasado algo.
-Sí, espere un momento que le pasaré con un compañero. Déjeme su DNI, por favor.
-¿Señora Ramos? –se oyó minutos más tarde en la sala de espera de la comisaría de los mossos d’esquadra. Acompáñeme, por favor.
            En el despacho del policía, Antonia explicó sus peores presagios. Pero éste le restó importancia, explicándole que en estos casos suelen ser las  personas las que se han marchado por voluntad propia. Antonia insistió en que su hijo no tenía recursos económicos, que estaba en el paro y que, a pesar de sus 27 años, dependía totalmente de ella. Finalmente, el agente recogió todos los datos, registró la denuncia y se quedó con la fotografía.
-Le avisaremos si damos con él.
-Gracias, agente.
            Llegando a su casa, se encontró con Gloria, una vecina del barrio y vieja amiga de su hijo.
-Hola Gloria, ¿has visto a Germán últimamente?
-No, ¿le ha pasado algo? –contestó Gloria extrañada, sabiendo de la estrecha relación de Germán con su madre.
-Hace varios días que no viene por casa.
-Nos vimos hace un par de semanas. Me dijo que estaba saliendo con Diana. Le avisé de que tuviese cuidado, porque Diana está vendiendo pastillas, y seguramente intentaría meterlo a él en el negocio. Ella se mueve en ambientes conflictivos, y Germán no está acostumbrado. Pero se rió de mí, como ahora soy mamá.
-¿Qué pastillas son esas?
-Las drogas de moda. Dan mucho dinero.
-¿Germán toma pastillas?
-No creo, siempre fue de la liga antidrogas. Ni drogas ni alcohol. Era el chico Coca-colas.
-Si sabes algo avísame, por favor. Ya sabes dónde vivo. Adiós.
            La conversación con Gloria había acentuado aún más sus temores. Esa noche, después de hablar por teléfono con su hija y sus dos nietas, se sintió con coraje para trazar un metódico plan de búsqueda, patearía la ciudad calle a calle enseñando la foto de su hijo en todas partes y dejaría algunos carteles colgados con el teléfono de contacto. Empezaría por los alrededores de la discoteca.
            Al día siguiente, al salir del trabajo, Antonia cogió el mapa de Barcelona, la T-10 del metro y empezó su ronda. Dedicaba cinco horas diarias a su misión. A pesar del cansancio en lo más profundo de sus huesos y el desconsuelo de no haber obtenido resultado alguno en toda la semana, se mantuvo perseverante con la esperanza de dar con él. Caminando y rezando. Oteando parques, jardines, plazas, ramblas, avenidas. Visitando hospitales, iglesias, centros de acogida y estaciones de todos los medios de transporte urbano. Ya le quedaba poco por señalar en el mapa. Nadie lo había visto.
            El viernes de la semana siguiente, en el Camí de la Foixarda lo encontró. Estaba tumbado en un banco. Sucio, con barba y muy delgado. Conservaba su ropa, pero no llevaba zapatos. Se acercó a él emocionada, con lágrimas en los ojos y dando gracias a Dios. Le acarició la cara con ternura y le besó. Él se incorporó y con mirada extraviada le preguntó:
-¿Tú quién eres?
            Germán pasó varios años en el psiquiátrico, se convirtió en un enfermo crónico y le reconocieron la incapacidad total. Lo único que recuerda de esa última noche en la discoteca es que se estaba tomando una Coca-cola.

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