Placer y castigo

Nara y Nina caminaban hacia el trabajo un lunes por la mañana. Nina respiraba profundamente captando los aromas del nuevo día. Contemplaba el cielo, pronosticando la intensidad del brillo de un sol de mediodía que no llegaría a ver. Dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas que le alegraran el día antes de llegar a la oficina. Nara mantenía el semblante rígido.
-Estoy profundamente decepcionada.  Dijiste que no lo volverías a hacer –reprochó Nara.

-Lo sé, no he podido evitarlo, es más fuerte que yo. Lo siento. Perdóname.

-No puedo perdonarte. Ya no lo aguanto más. Eres un ser pusilánime y veleidoso incapaz de cumplir sus promesas. ¿No te das cuenta de las consecuencias de tu proceder?

-¡Ayúdame! O si prefieres, podemos buscar ayuda de algún profesional.

-Ésta era tu última oportunidad. En cuatro años no has sido capaz de superarlo.

-Yo lo intento con todas mis fuerzas, pero cuando me invade la angustia no puedo hacer otra cosa.

-Me tienes a mí en esos momentos, no me anules, sigue mi ejemplo.

-No puedo. Yo no soy como tú y sin embargo, estoy viviendo tu vida y no la mía. ¿Sabes? Creo que esa es la causa de mi problema.
 -¿Pero cómo puedes decir eso? Eres una egoísta, todo lo que tienes es gracias a mí.

-Sí, pero no soy feliz. Yo no te pedí ser una ejecutiva, ni tener la mejor casa ni el mejor coche. Yo no te pedí vivir siempre a la carrera y esclava de la agenda. Yo quería vivir de otra manera.
-Tú no sabes lo que quieres.

***

-¡Buenos días! ¿Qué tal el fin de semana? –dijo Nara en voz alta para que le oyesen todos.
-Buenos días –contestó la auxiliar.
-Muy bien, ha hecho un tiempo estupendo –respondió Luisa.
-Se ha pasado muy rápido –añadió Juanjo.
Nara saludó a todo el equipo, entró en su despacho, se acomodó en su sillón y puso en marcha el ordenador para revisar la agenda.  En menos de dos minutos estaba profundamente concentrada en su trabajo. Sin embargo, algo extraño revoloteaba en la boca de su estómago persistiendo hasta el incordio. Presintió la desesperación de Nina. Prestó atención y una terrible y definitiva idea ascendió hasta su consciencia. Sin pensárselo dos veces, la asumió con toda frialdad.
-¡Hasta mañana, Noelia! –se despidió de  la señora de la limpieza después de una larga y agitada jornada de trabajo.
***

-Hola Nina, ¿ya estás aquí? –preguntó Nara mientras cerraba la puerta de casa.
-¿Preferirías que no estuviese, verdad?
-Aunque no lo creas, yo sólo quiero que te sientas bien. Por tu bien y por el mío.
-Vale, voy a preparar la cena.
-No, espera. No entres en la cocina. Siéntate. Tenemos que hablar.
-Fatídica frase.
-Tu obsesión puede llevarte a una enfermedad grave y estás poniendo en riesgo mi vida, y todo por lo que luchado y trabajado. Tampoco estoy dispuesta a que hables de esto con nadie, me moriría de vergüenza. Hemos de resolverlo juntas o acabar con nuestra relación.
-¿Acabar con nuestra relación? ¿Qué quieres decir? ¿Te has vuelto loca?
-No, sólo estoy agotada y no puedo más. Y tú empiezas a ser una pesada carga.
-¡Muy amable, gracias! Pero sin mí, tu vida sería pura tristeza.
-Quizás, pero también sería orden, sosiego, seguridad. Recuperar la autoestima.
-Trabajo y más trabajo, y envejecer en soledad. Ni todas las mascotas juntas llenarían tu vacío.  ¿Quieres acabar como la loca de los gatos?
-No grites. Hagamos la cena mientras charlamos.
-¡Qué bien! He comprado unas gambas fresquísimas, y con la crema de bogavante que nos sobró ayer haremos un exquisito menú. Me encanta que hagamos cosas juntas. Abriré un vino blanco.
-No te lances, que te conozco.
-Sólo una copa.
-Caerá la botella. No empieces. Te lo advierto.
-Hoy no he comido chocolate en todo el día. Me lo he reservado para después de cenar. Bueno, tengo unas trufas en el congelador. Esta noche vamos a disfrutar. Estoy contenta. No estés tan seria. Me curaré.
-No, no te curarás. Llevas 10 minutos en la cocina y ya te has tomado dos copas de vino, una bolsa de picatostes y una lata de berberechos. Crees que no te veo mientras vacío el lavaplatos.
-A menudo me siento sola, fuera de lugar. No encuentro mi sitio. Y ahora que me siento feliz por estar aquí contigo sólo quiero celebrarlo.
-Deja de beber, por favor, espera a que lleguemos a la mesa.
-¿Y qué más da? ¡Ay! ¡Cuidado! ¿Te has cortado?
-No, sólo se ha roto el plato. Me estás poniendo muy nerviosa.

-Toma un trago.

-Tenías razón, las gambas estaban fantásticas –reconoció Nara después de cenar-. Creo que he bebido demasiado. Voy a ver la tele.
Minutos más tarde, Nara, muy enfadada, recriminó:

-¿Ya estás vomitando?  No me extraña, has acabado con la caja de trufas y el bote de barquillos.
-¡Uf! ¡Qué mal rato! –exclamó Nina con la cara roja y los ojos brillantes.
-Cada noche la misma escena. ¿Cuánto crees que podrá aguantar tu estómago?

-No lo sé.
-¿Estás llorando?
-Sí, te he vuelto a fallar.

-No llores, no llores, por favor. Vamos a darnos un baño relajante antes de dormir.

Nara se sumergió en la bañera, acariciando todo los rincones de su cuerpo con la esponja, y con el afilado cúter que había cogido del escritorio, dibujó dos profundas rayas en cada una de sus muñecas. Así, lentamente, Nina y ella se diluyeron en el agua.

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