Perdido en el armario

   Como todas las semanas, al terminar la reunión de coordinación, Ana y Laura se quedaron en la sala discutiendo sus respectivas propuestas. Estaban tan absortas en la conversación que no se percataron de que alguien abría la puerta, hasta que escucharon:
   -¡Qué sorpresa señoras! Perdonen que las llame así, pero es que aún no nos conocemos. ¿Cómo se encuentran? ¿Qué hacen ustedes en mi ropero? Contesten primero a lo segundo.
Miraron atónitas al hombre de pelo negro, pobladas cejas, lentes redondas y amplio bigote que, desde la puerta, hablaba sin parar. No respondieron. Pero en menos de un minuto, ambas estallaron en una irreprimible carcajada.
El hombre entró en la sala y dio un par de vueltas alrededor de ellas.
  
   -Oh! Les entiendo. Yo suelo producir ese efecto en las mujeres –dijo llevándose con una mano un puro a la boca y balanceando con la otra un sobrero.
Ana fue la primera en recuperar la compostura y responder.
    -Pero hombre, ¿dónde va usted vestido así? Si aún no es carnaval. Y ¿cómo ha llegado hasta aquí arriba? ¿Quién le ha dejado subir?
   -Éste debe ir a un casting y se ha perdido –murmuró Laura.
  

   -No disimulen con tantas preguntas, señoras, sé que en el fondo me adoran y por eso se han metido ustedes en mi armario, pero díganme ¿qué han hecho con mis camisas? Tengo que vestirme para ir a la ópera –explicó el caballero de chaqué negro.
Ana se puso firme y en un tono ligeramente más serio replicó. 
  

   -Es usted muy gracioso.
   -Friki diría yo –apostilló Laura.
   -Pero aquí estamos trabajando –siguió Ana. ¿Va usted disfrazado por algún motivo? ¿Es actor y busca trabajo? En ese caso tendrá que bajar a recepción y pedir número para la bolsa de trabajo. Venga, haga el favor de marcharse y no dé más la lata.
   -¡Pirado! –Remató Laura.
   -Oiga, no ha parado usted de hablar desde que he llegado, la debieron vacunar con la aguja del tocadiscos –protestó el hombre encarándose con Ana.
   -¡Es bueno, el jodío! ¡Si es que parece auténtico! se exclamaba Laura en voz baja.
Mientras el buen señor paseaba de un lado a otro sin parar de fumar, las dos compañeras se miraron y hablaron entre ellas.
   -¿Qué hacemos ahora? ¿Llamamos a seguridad o buscamos una solución más creativa? –se adelantó Laura.
   -La dos cosas. Déjame a mí –respondió Ana.
   -A ver caballero, nos decía que estaba usted buscando una camisa en su ropero. Creemos que se ha equivocado de puerta, ¿ha probado en esta otra? –indicó Ana al visitante señalándole la puerta del archivo.
   -Pues no, pero voy a hacerlo. Puede que tenga usted razón. Ha sido un placer conocerlas, señoras, aunque vayan ustedes vestidas como mozos de cuadra. ¡Enchanté! –se despidió el hombre haciendo una reverencia mientras abría la puerta del archivo y se metía en él.

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