Bendita y maldita mentira

   Me despertaba todas las mañana el tierno susurro de mi madre -María, cariño, es hora de levantarse-. Le oía correr las cortinas y subir las persianas, y cuando los rayos de sol se reflejaban en mi almohada, ella se sentaba a mi lado y me estrechaba en un larguísimo abrazo. Con la mejilla apoyada en su pecho, yo me abandonaba al dulce vaivén de sus brazos aspirando su inconfundible aroma.

Después de esos maravillosos minutos, mi madre empezaba a narrarme, con todo lujo de detalles, cómo sería el día de mi décimo aniversario. Cada una de sus palabras resonaba en lo más profundo de mi pecho y, mi estómago se encogía de impaciencia y de emoción.
   En ocasiones, mi padre nos observaba desde la puerta. Si yo le miraba, él me sonreía, pero de una forma distinta a como lo hacía ella. Años después entendería la profunda compasión que disimulaba su mirada.
   Mamá me vestía para ir a clase como a una princesa. Mis compañeras me envidiaban, excepto por la silla de ruedas. En el colegio todos me trataban amablemente. Sólo en alguna ocasión, los niños más malos me decían groserías y, aunque yo me desanimara, mi salvadora madre argüía razones suficientes para seguir manteniéndome ilusionada.
   Un día, poco después de cumplir los nueve años, mi padre entró en mi habitación, se sentó frente a mí y cogiéndome la mano, me dijo que tenía que marcharse. –Me voy a trabajar a otro país, María. Te llamaré cada semana para ver cómo estás-. –Pero papá, ¿no estarás aquí para el gran día? No puedes faltar el día de mi cumpleaños- le dije con lágrimas en los ojos. No podía entender que para él no fuese tan importante como para nosotras ese ansiado momento, en el que al cumplir los diez años, yo recuperaría la memoria para caminar. Mi padre no dijo nada más, me besó en la frente y se marchó.
   Mi noveno año duró una eternidad. Entre sueño y fantasía, recreaba noche tras noche las imágenes de una vida que aún estaba por llegar. Mi madre, ese año, tenía aspecto de cansada pero ya en el mes de febrero, tres meses antes, comenzó a organizar mi fiesta de aniversario. Sus ojeras crecían igual que los paquetes de regalos en el interior de mi armario. Ella preparó las invitaciones para la familia y yo las de mis compañeras de clase. Fuimos al centro comercial. Compramos un vestido maravilloso y pasamos por la peluquería y la zapatería. Ahora los zapatos serían una pieza importante en mi vestuario. También visitamos al pastelero y le encargamos una gran tarta de tres pisos, como la de las bodas.  
   Faltaban sólo dos semanas y mi nerviosismo era tal que apenas comía, no podía dormir y me concentraba muy poco en clase. Mi madre entonces consiguió un jarabe de hierbas relajantes que me tranquilizaba y me ayudaba a dormir.
   La noche anterior, dando un último vistazo al salón engalanado y con todos los regalos apilados sobre la mesa del revistero, mi madre apagó las luces. Me acompañó a la cama y dándome una dosis doble de jarabe, trató de sosegar mi emocionada angustia con caricias y tiernas palabras.  
   El abrazo de esa noche fue más largo que de costumbre, me apretó tan fuerte contra su pecho que casi pierdo la respiración. Ella también estaba emocionada. 
 
                    *  *  * 
 
   – ¿Cómo puedes seguir mintiéndole día tras día? –reprochó una vez más David a su mujer- ¿Qué le dirás cuando descubra que le has estado engañando todos estos años con la fantasía de recuperar la memoria para caminar? Los médicos lo dejaron bien claro. Su enfermedad es congénita. Nunca podrá caminar.
    -No tienes derecho a discutir mis métodos. Te rendiste desde el principio y la has tratado siempre como si no fuese normal -respondió Julia en un tono suficientemente más alto.
    David dio media vuelta y se marchó sin responder. Habían tenido esa discusión tantas veces que la brecha abierta entre ambos era ya irreparable. Desde el nacimiento de María, David se había sumido en un estado gris del que no lograba salir. Ella en cambio, se había hecho fuerte construyendo una ilusión que daba sentido a su vida y a la de su hija.
Julia no dejaba de recordar sus últimas palabras con David y el precio que había tenido que pagar por su mentira.
  
                     *  *  *
 
   Se me cerraban los ojos cuando le oí decir:
   -Recuerda María que te quiero más que a nada en el mundo, tú eres toda mi vida- y plácidamente me dormí.
 Unas horas después abrí los ojos, parecía de día por la luz que entraba por las rendijas de la persiana, pero mi madre esa mañana no estaba allí. Esperé un momento a que apareciese mientras intentaba mover las piernas de un lado a otro de la cama. Ya sabía cómo era ese ejercicio. Al principio mis piernas parecían las mismas de otros días. Concentré toda mi fuerza en ese intento y muy ligeramente se desplazaron entre las sábanas. Mi corazón empezó a trotar de alegría.
   -¡Mamá! ¡Mamá! Ven por favor, ¿dónde estás?- grité excitada.
Pero mi madre no contestaba. Me agarré a la mesita de noche y conseguí arrastrar las piernas hasta el suelo. Di media vuelta y, de espaldas, con los brazos apoyados en la cama y mis pies descalzos sobre la moqueta, conseguí ponerme en pie.
   -¡Mamá por favor, ven, ayúdame!- Julia seguía sin aparecer.   
La casa aún mantenía las ventanas cerradas.
    –¿Mamá te has dormido?– Estaba tan nerviosa y tan segura de que iba a caminar, que no quería hacerlo sin que ella lo viese. Pero no obtuve respuesta.
 Apoyada en unos bonitos bastones que habíamos comprado dos meses antes, avancé el pie derecho. Luego el izquierdo. Y así, caminé.
   -¡Mamá! ¡Mamá!
   Llegué con un poco de esfuerzo hasta su dormitorio. Parecía dormida. Me acerqué a la cama y soltando los bastones me senté a su lado. La zarandeé. Pero no se movió.
 

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