El mensaje de Nicolás

-¡Cállate ya!, no lo soporto más, ¡Deja de torturarme! -Grité en voz baja para no despertar a mi esposa, que ya emitía los sonidos de un sueño profundo.

Consciente de estar hablando conmigo mismo, me calmé y decidí adoptar una actitud dialogante:

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-¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

El mantra que había estado resonando en mi cabeza una noche tras otra desde hacía varias semanas, dejó de oírse. Con la respiración contenida esperé que todo hubiese acabado allí. Pero el silencio duró sólo unos minutos.

“Has de ser feroz como un león y astuto como un zorro.” –entonó. Y después de ese nuevo mensaje, nunca más volví a oírle.
-¿Por qué oigo esa voz? ¿Tú qué crees que significa? –pregunté a Óscar, psiquiatra y amigo de toda la vida.

-Desde esa última noche no he podido pensar en otra cosa, mi inquietud va en aumento, a duras penas puedo concentrarme y temo que algo pueda poner patas arriba toda mi vida –le expliqué en tono desesperado a la única persona en quien confiaba plenamente. Óscar se quedó perplejo y pensativo, pero en pocos segundos encontró una respuesta.
-Deja de preocuparte, céntrate en el presente. Es posible que todo esto sea sólo fruto del estrés. Estás en una situación difícil. La prensa se ha cebado contigo. La mente angustiada siempre busca salidas, a veces inverosímiles y sorprendentes. Te recetaré unos tranquilizantes y hablamos en unos días –propuso. No me sentí mejor, pero acepté y nos despedimos con un abrazo.

Saliendo del edificio, desconecté el móvil y deambulé en coche por toda la ciudad durante varias horas, deseando que mi universo recuperase el orden perdido. Óscar podría tener razón –reflexioné-. Mi partido había perdido credibilidad. Los medios me calificaban de político mediocre. Mi popularidad había aumentado a causa de los numerosos chistes que circulaban por la red. Y la ejecutiva y otros tantos sectores me presionaban cada vez más. Sin embargo una parte de mí sólo deseaba descifrar el críptico mensaje. ¿Sería tal vez la voz de mi conciencia?

Llegué a casa y al abrir la puerta le encontré de pie en el recibidor. Un hombre de media altura, cabeza pequeña, cara angulosa y tez blanquecina, poco cabello y de color castaño, con la frente despejada. Vestido entre noble y seglar, con una capa oscura sin mangas sobre un sayo rojizo atado al cuello. Llevaba medias y zapatos cerrados. Olía a rancio. Nos miramos fijamente. Me sentí mareado y asustado. Tenía que ser una alucinación, pero la enfermedad no estaba entre mis posibilidades. Entonces volvió a pronunciarlo:

“El fin justifica los medios”.
“He venido a explicártelo” –añadió.

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