Sobrevivo

ojoverdSobrevivo porque aprendí a olvidar,
A olvidar y a perdonar,
A pesar de lo inmerecido de ese perdón.
Sobrevivo porque solo la música es capaz
De hacerme recordar,
Instantes, diminutos instantes
En los que revivo el dolor y la tristeza,
Como una canción melancólica
Como la lluvia fina de un atardecer
En un momento se apaga
Y sigo viva, viva y entera,
Porque aprendí a olvidar,
A olvidar y a perdonar.

En estos días

Time_18En estos días festivos, hay algo que valoro casi tanto como disfrutar de la compañía de mis familiares y amigos, y es disponer de esos pequeños momentos conmigo misma, sin condiciones, sin ansiedad por ganarle al día unos minutos para volver a mi base y recargar baterías, para gozar il dolce far niente. Esos instantes maravillosos de soledad elegida y deseada, casi robada a quienes me reclaman, mal interpretada por quienes no la necesitan ni comprenden.

Enormemente agradecida a todos con quienes comparto mi vida, porque sin ellos, estos momentos no tendrían ningún sentido; y porque con ellos, continuamos sumando gratos recuerdos a la Navidad.

Un minuto de placer. Emoción para todo el día.

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Contemplo mi espacio y todo parece en perfecta armonía. Una estampa de serenidad y buen gusto.

El tiempo se detiene como en una foto antigua, en la que se observa el pasado desde un futuro lejano.

Mi cuerpo se integra como un recortable más en este álbum de postales del bienestar.

Mientras yo me evado.

Me elevo como humo, a otra parte, con el universo por techo, galaxias y estrellas entre mis brazos, que me reciben con su guiño de luz.

Efímero placer ingrávido.

Etéreo estado al que solo puedo abandonarme. Horizonte sin control, renegado de temor, pleno de incertidumbre.

El suelo se aleja tanto de mis pies que tensa la línea de vida. Unos cuantos tirones en el estómago y desciendo en picado, desinflándome como un globo exhausto.

Aterrizaje forzoso, en mi cama, desde dónde todo vuelve a mostrarse en perfecta armonía y serenidad.

caminamos

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caminamos en la cuerda floja
no es un deseo
sino una necesidad
la necesidad de atravesar el vacío del día a día
para alcanzar la plenitud del espíritu
silenciar al ego y dejarnos mecer por el viento

caminamos con el precipicio bajo nuestros pies
nadie nos acompaña
sólo unos pocos nos atrevemos a traspasar
la nube oscura que envuelve la realidad
a mirar más allá de los reflejos de la caverna
buscando la poesía que la rutina desplomó

caminamos por eso
no paramos de caminar
sorteando las piedras que lanzan a nuestro paso
sufriendo la intemperie y el desamor

caminamos seguros de encontrarnos
tarde o temprano
reconocernos y abrazarnos

caminamos cada uno por su lado
pero podemos darnos la mano
mirarnos a los ojos y saltar al vacío
sabiendo que en ese salto de fe
la distancia será más corta si nos apoyamos

caminemos a través del arte
de la naturaleza
del sentimiento íntimo y del amor
recuperemos el elixir de la rima
y las notas musicales que un día alguien silenció

anímate amado amigo
desde el otro lado del abismo
te tiendo mi mano
y te abro mi corazón

Los buenos y los malos

Max y yo jugábamos juntos desde que tuvimos edad para hacerlo. En aquella época, mis juguetes consistían en alguna muñeca rígida con pelo de estropajo, a la que siempre se le salía el brazo o la pierna de su sitio; bastantes cuentos, porque ya mostraba indicios de mi futura adicción a la lectura; algunos cacharritos de cocina, para jugar a papás y a mamás; y varios instrumentos de botiquín, para jugar a médicos y enfermeras. Éstos últimos eran juguetes que no me hacían especial ilusión, excepto una nevera con luz que me regaló el novio de mi hermana cuando tuve el sarampión. Era más moderna que la que había en mi casa, que aún funcionaba con hielo.

Con quien yo pasaba más horas jugando, era con Max, y él sí tenía ese juguete fantástico que a mí nunca me traerían los Reyes Magos por ser una niña: un fuerte de madera, con indios y americanos. Llamábamos americanos a los vaqueros, a los pistoleros y a los soldados. Y a los indios, sólo indios, porque en esa época no sabíamos que también eran americanos.

El fuerte de madera era, además de una fortaleza, un pueblo, una gran casa donde vivían los buenos, protegidos de los malos por los soldados del 7º de caballería. Tampoco supimos nunca si hubo un 5º o un 6º, pero el 7º era lo más.

Tanto los vaqueros, pistoleros, soldados e indios, a pie y a caballo, eran pequeños muñecos de plástico, de un solo color, que vendían en sobres de 10, y que venían enganchados unos con otros.

lote_31416_2En el pasillo de su casa recreábamos el oeste americano, ayudándonos de otros enseres de la estancia, si la película de ese día lo requería. Y en el centro de todo el decorado, resplandecía el fuerte. Max era el único niño del barrio que tenía uno así, por eso nunca lo sacaba a la calle, para que no se lo quitasen.

Colocados todos los personajes en su puesto, empezábamos a jugar “a buenos y a malos”. Él siempre luchaba con los buenos, que para eso el fuerte era suyo, y además tenía una estrella de sheriff.  Y yo, atacaba con los malos, que claro, como eran malos, siempre morían o se tenían que rendir cuando ya habían perdido hasta los caballos.

Habían unos indios particularmente feos con un hacha en la mano, bastantes inútiles, dado que ya sabíamos cuál iba a ser su final. Pero yo aprovechaba que eran pocos y muy malos para pelear encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, y conseguir que durase más rato la contienda antes de nos matasen de un tiro, porque ellos, como eran buenos, tenían rifles y pistolas.

A veces yo protestaba, porque también quería ser de los buenos, y es que para ellos siempre había un final feliz, además de disfrutar de avanzados recursos defensivos. En cambio mis indios, eran malos y tontos, porque no tenían más objetivo que asaltar el fuerte con sus primitivas hachas y flechas, y matar a los muñecos de mi amigo, para después morir, que es lo que se merecían por ser malos. Aunque confieso que siempre mantuve la esperanza de que alguna vez ganasen.

Sigo adorando las películas del oeste, aunque con los años preferí la sabiduría de Toro Sentado, y sobre todo, sus pipas de la paz. En cambio, mi amigo nunca llegó a fumar. Y es que los malos no suelen dar buenos ejemplos. O viceversa.

Es un hecho

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Te echo de menos
Aunque no soportemos vivir juntos
Te empiezo a echar de menos
Cuando sé que te has de marchar
No sé qué extraño hilo ata nuestras vidas
Rígido para mantenernos a distancia
Resistente para impedir que nos soltemos
Algo en tu aura me vuelve adicta
Adicta a tus besos
Adicta a tus abrazos
Adicta a mirarte cuando no me ves
Anhelo tu presencia
Cuando no estás
Te echo de menos

Acaso fue la tarde

fotolia_128430240-2Un día más, Laura llegaba a casa con esa pesada sensación de nostalgia en el estómago.

El color violeta de la tarde evocaba aquellos alegres días en los que acaba la jornada impaciente por volver a casa.

Atravesó el umbral de su puerta, lanzó el portafolio sobre la mesa y los tacones al aire. Descorchó un Cabernet Sauvignon y, tras saborear el primer trago, se desplomó en el sillón.

Entornó los ojos y escuchó la dulce voz de Ella Fitzgerald susurrando “I’m beginning to see the light”, y entonces llegaron ellos,  los olvidados anhelos. Las suaves caricias en el cuello, el pelo lentamente enmarañado, las mejillas tibias y las cosquillas bajo la nariz. Sintió el profundo abrazo de su amado ausente, ahora cercano. Poseída por el azul de sus ojos y el brillo de su sonrisa, imaginó que le besaba, cuando una lengua áspera y seca le rascó los labios, devolviéndole de golpe a su sillón.

Con el felino en su regazo, Laura bebió y olvidó.

23

Un 23 de julio me desperté en los brazos de la muerte. Ya debía haber cubierto el cupo del día, así que me lanzó al vacío. Me dejó con todos los huesos rotos, y se llevó mi inocencia.

Volví a cruzarme con ella un 23 de febrero. Fue mi coche el que se precipitó por el barranco, mientras yo me lanzaba al asfalto antes de la caída. Pasó de largo ante mí y, mirándome de reojo, me dedicó media sonrisa.

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Desde entonces, en mi intento de evitar hacer realidad el dicho de “a la tercera va la vencida”, todos los días 23 de cada mes me encerraba en casa. Al principio pasaba largas horas en la cama, imaginando todo tipo de peligros de los cuales debía protegerme,  pero con los años fui dedicándome a esas actividades hogareñas para las que nunca tienes tiempo. En verano, hasta me atrevía a organizar alguna que otra fiesta con los amigos.

El pasado 13 de octubre  una complicación inesperada retrasó mi salida de la oficina, eran circunstancias que se producían de tanto en tanto, pero no revestían importancia alguna. Resuelta la incidencia, y de buen humor, me marché a casa. El cielo tenía un embriagador color violeta, y el aire, más ligero que nunca, me confería esa placentera sensación de velocidad de crucero. Llegué tranquilamente a la puerta de casa, aparqué la moto, y al darme la vuelta comprobé que mi cuerpo no me había acompañado. Tardé sólo unos segundos en hacer la cuenta.

 

La afición de Marta

Elegant lady in evening dressNo había ninguna razón para creer que este marido iba a ser mejor que los anteriores, pensaba Marta mientras fregaba escrupulosamente los platos en los cuales había servido a Raúl su última cena.

Se sentía feliz. “El negro te sienta fenomenal, realza tu figura, y, cuando rematas el conjunto con las perlas que te dejó la abuela, consigues tener ese aire etéreo y elegante que te hace irresistible”, se oía en el altavoz de sus pensamientos.

Como las veces anteriores, Marta estaba segura de haber hecho un buen trabajo.

Hoy

ad157e2afff0b6cd13e1582d4abbe29aHoy ha amanecido un maravilloso día de enero
Los árboles lucen exultantes su esqueleto
Y el cielo es de un bonito azul claro
Salpicado por sinuosas borlas de algodón brillante
Lo miro y siento nostalgia de su abrazo
Del abrazo del mar
Del abrazo de las montañas
De un abrazo de amor
Hoy estoy especialmente cansada
Cansada de lo que es inherente a mi vida
El trabajo
Crecí trabajando
Maduré trabajando
Escapé de mis tragedias trabajando
Y envejezco trabajando
Más duramente que nunca
Ojalá pueda descansar

Los días de cada día

calleregresar a casa
en la tarde gris y marrón
con el cuerpo agotado
y los sueños aún más
después del día a día
y del duro trabajo

la pluma me llama
con susurro apagado
la hoja en blanco
aparece en el portal
al llegar a casa
y estar a salvo

escribo
por fin respiro
desolación, sinsentido
vaso de leche y cacao
calor y mimos
los ausentes, los ansiados
continuar sin descanso

¡que se apague el día!
¡que amanezca la noche!
es la lidia en la tarde
de los días de cada día

Hijo de Urano

Hay algo que siempre se escabulle más rápido que una anguila entre las manos. Viene y se va, lento o fugaz. Se aleja y no regresa. Nadie conoce su naturaleza. No es aire ni es gas. No lo puedes atrapar, y aunque es el mismo para todos, cada uno tiene el suyo propio.

      El mío se coló entre el óvulo de mi madre y el espermatozoide de mi padre el día de mi concepción. Crecimos juntos en el paraíso fetal. Yo me sentía feliz de tener compañía. Pero él sólo me miraba y sonreía con ironía. Tras la expulsión, cambiamos de equipo, yo empecé a sumar y él a restar.

      Durante mi infancia él ya manifestaba sus poderes y exigencias conmigo. Aparecía en el cuerpo de mi abuela obligándome a masticar más deprisa. Por las mañanas, en el de mi madre, que me susurraba primero y gritaba después “levántate ya, que llegamos tarde”. Por las noches poseía a mi padre cuando me mandaba a la cama en el momento más interesante. Apar3f9424594cc2332e9b035666288c99f9ecía en la hora del patio dando la campanada de fin del recreo. Todas las tardes en el parque, y los domingos jugando con el Scalextric de mis primos. Cuando él se presentaba, ya podíamos pinchar los globos porque la fiesta  había terminado.

   Fue mi fiel compañero adolescente, aunque no muy buen amigo. Para hacerle justicia, reconoceré que pasamos juntos algunos buenos instantes, en las fiestas del instituto, en el fútbol o en la discoteca, pero me falló cuando más lo necesitaba, aquel penoso día en la cama de Ana.

      Se matriculó conmigo en Económicas y apretó, con tanta asfixia mi horario que, acabé la tesis con matrícula de honor, además de aprender cosas tan útiles cómo llegar al campus saltándome los semáforos en rojo, resolver los problemas de mates en el lavabo, comerme un sándwich mientras me quito los zapatos y otras prácticas acrobacias. En la orla debieron poner su foto y no la mía.

Me acompañó a mi primer trabajo, alentando la impaciencia de mi jefe. Asistió a mi boda y al nacimiento de mi hijo. En estos dos últimos episodios se mostró algo más perezoso, pero tampoco demasiado. Supongo que fue una broma para ponerme nervioso. Desde entonces se ha tornado, si cabe, más cruel conmigo, pocas veces aliado y muchas, enemigo.

      Una noche, paseamos juntos al perro. Yo miraba las estrellas, rogando una tregua a mi perverso gemelo. Y entonces se alzó su voz: “¿Con quién hablas? ¿Te parece que estoy aquí? Porque si lo piensas bien, no existo. No puedes detenerme, ni pedirme que vaya más lento. Disfruto escapándome con tu vida entre mis dedos. Nunca cuentes conmigo, pero hasta el fin de tus días iré contigo. Si me ignoras, me reconocerás cuando te mires al espejo. Soy una paradoja, la pesada cadena que mantiene a los hombres prisioneros. No hay tregua posible, compañero, si no te gusta tu suerte, haberte pedido muerte”. El soniquete de sus palabras se me clavó en el hígado. ¡Qué acidez en el estómago!

       Ahora acepto su fantasmal existencia con resignación. Dicen que le veré en mi último suspiro con una capa negra y una hoz en la mano, como corresponde al despiadado hijo de Urano, pero yo estoy seguro de que aparecerá con traje de Dior y un reloj suizo, que son los de mayor precisión.

En brazos de Cupido

lo entendí en el primer momento
eras un regalo en mi vida

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al principio tuve miedo
de que invadieses mi corazón
y lo dejases desierto
de que reordenases mis muebles
y me hicieses rehén del caos
fue una hazaña superar el temor

lo entendí en el primer momento
eras un regalo en mi vida
que el universo dejó en mi puerta
provocándome a abrirla

amo lo que muestras
y lo que intuyo que escondes dentro
la distancia ha demorado que
acabe de quitarte el envoltorio
lo que hasta ahora he visto
la felicidad existe
cuando estamos juntos

La curiosidad no mató al gato

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El diablo preguntó al gato si quería ser tigre o pantera, y el gato le respondió que no era tan ambicioso, que sólo aspiraba a tener muchos ratones para comer cada día.
Así fue como el gato atravesó la trampilla de salida a la calle y se encontró con un horizonte lleno de ratones que, al verlo, se abalanzaron sobre él y se lo comieron.

¿Dónde fueron a parar las vecinas cotillas?

                   En la esquina de San Joaquín con Cultura me encontré con tu doble. Iba a cruzar la calle en sentido contrario al mío. Con tu mismo pelo negro, perfectamente recortado, con tus patillas ligeramente alargadas, sugiriendo un falso estilo rockero. No tan bien vestido como tú. Su camiseta verde de algodón también era sencilla pero no de diseño, ni sus pantalones se parecían a tus reconocidos tejanos de insinuado descuido. No me fijé en sus zapatos, pero estoy segura de que sus deportivas no llegaban ni a la suela de las tuyas. Lo que realmente me llamó la atención era la expresión de su cara, su inequívoca mirada te había sido robada. Su aire de falsa humildad, reforzada por un halo de superyó inalcanzable, se anunciaba en el brillo de sus ojos negros, como los tuyos. También a él se le notaba íntimamente satisfecho, por su pose altiva a la par que discreta. Si le hubiese oído hablar, te habría reconocido regodeándote de tus habilidades con fingida modestia. Si le hubiese oído hablar, me habría reencontrado con aquel niñato imberbe, hijo de unos quiero y no puedo, y encantado de conocerse por guapo, simpático e inteligente. Hasta a mí pudiste engañarme. Pero yo te vi crecer.

           Apunto de cruzar la calle, tu doble y yo nos miramos a los ojos, apenas unos segundos, suficientes para leer en el espejo de su alma, que fuiste tú quien empujó a tu hermano con su moto por el barranco. Que te libraste de él porque no soportabas que fuese auténtico y tú, sólo un producto. Suficientes también para evocar la tristeza de su novia Cristina, a la que dejaste embarazada y abandonada tras meses de presunto consuelo. Había en su sombra parte de la tuya, boceto a carbón de la más endiablada de las conciencias.

           Él bajó del bordillo demasiado deprisa, tanto o más que la moto que lo golpeó, lanzándolo por el aire contra la puerta del Bar Condal. Y fíjate que, en el sobresalto, sólo pensé que habías vuelto a tener suerte, y esta vez sería tu doble quién pagase por tus pecados.

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A una hora temprana de la mañana del jueves, en el hall del sector C del edificio Arco’s, se abrieron simultáneamente las puertas de los ascensores B3X y P2Y, que transportaban hacia la superficie a tres vecinos de sendos niveles. 

–¡Guau! ¡Grrrrrr! 

–Señora, quíteme a este bicho inmundo de encima. Está mordiendo mis pantalones de mil dólares –gritó el señor Sickly.

–Oiga, cómo se atreve a insultar así a mi Pequeño Fufú. Pero ¿quién se ha creído que es usted?, presuntuoso maleducado. Si esos pantalones cuestan mil dólares es que le han timado, estúpido ignorante.

–¡Guau! ¡Grrrrrr!

–¿Maleducado yo? Primero me muerde esta bestia y luego es usted quien me insulta, y ¿me llama maleducado? Lo que me faltaba, está usted peor que el chucho.

–Pequeño Fufú, deja en paz a este caballero, con el cual espero que no nos crucemos nunca más.

–Lo mismo digo, señora. 

–Psssss –el pequeño Fufú no pudo contenerse.

–¡Paf! –sin pensárselo dos veces el señor Sickly propinó una tremenda patada al animal. 

–¡Uuum!

–Pequeño Fufú, ¿qué te ha hecho este cafre? –la señora Fussy cogió a su caniche en brazos y le acarició el lomo dándole besos en la frente.

–¡Bruto! Le denunciaré por violencia y crueldad con los animales.

–¿Pero es que no ha visto que se ha orinado en mi pierna? Mire cómo me ha puesto.

–No me extraña, es usted repelente y huele fatal. ¡Tenga!

–La señora Fussy golpeó con su bolso al señor Sickly.

–Apártese de mi vista, bruja. Y deje de golpearme. ¿Pero de dónde ha salido usted? ¿Es que busca pelea? –La detuvo con una mano y con la otra le dio un ligero tirón de pelo.

–¡Ahhh, energúmeno! ¿Cómo se atreve? Me ha destrozado el peinado. Le odio.

–¡Guau! ¡Guau! ¡Grrrrrr! –el señor Sickly introdujo su portadocumentos en la boca de Pequeño Fufú.

–Vuelva a su casa con ese monstruo enano, mema, y no salgan nunca más -gritó.

Súbitamente, la señora Fussy sintió una punzada de emoción, nadie le había hablado jamás en ese tono. Le miró ladeando la cabeza y sonrió con amabilidad y ternura.

–¡Oh! Es usted un hombre enérgico y con carácter, y el primero que no se rinde ante mí. Creo que me estoy enamorando.

–Olvídeme señora, estoy casado y además no la aguanto –pero la metamorfosis de su vecina y sus palabras le acababan de dejar perplejo–. Aunque… he de reconocer que es la primera vez que alguien me provoca semejante temperamento –el señor Sickly, íntimamente satisfecho, se relajó–. Está bien, lamento lo de su chucho y lo de su peinado. He de volver a casa para cambiarme de pantalones. Buenos días, señora…

–Fussy. Yo también le pido disculpas, le reembolsaré los gastos de lavandería. Hágame llegar la factura, se lo ruego. Vivo en el B325, no lo olvide. Buenos días, señor…

–Sickly.
                                     ***
Veinte minutos antes, el señor Sickly salía de su casa y entraba en el ascensor.

–Buenos días, señor Sickly. ¿Desea repasar su programa para hoy? –sonó la metalizada voz de la cabina.

–Buenos días, P2Y. Hoy tengo reunión con el Consejo del Sector Alpha. No soporto a su director, es un manipulador, y yo, no tengo carácter para imponerme. Cómo me gustaría hacerle sudar algún día.

–¿Sudar, señor? No reconozco esa emoción.

–Da igual, no te preocupes. ¡Ah! Esta noche, después de mucho tiempo, he quedado para cenar con mi esposa, a ver si hay suerte y tenemos sexo.

–Tomo nota señor. Hoy percibirá un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y espero que se cumplan sus deseos. Qué tenga un buen día, señor Sickly.

Simultáneamente, en la cabina del ascensor B3X había entrado la señora Fussy.

–Buenos días, señora Fussy. Buenos días, Pequeño Fufú.

–Buenos días, B3X.

–¡Guau!

–¿Cómo le gustaría sentirse hoy, señora Fussy? No tiene nada programado en su agenda.

–Ay, no sé, si es que estoy tan aburrida de todo. Ya nada me complace. Necesito alguna emoción distinta, inesperada. Que alguien decida por mí –suspiró.

–Le entiendo señora. Quizás la última actualización de mi sistema pueda ayudarle. Notará un peculiar aroma antes de salir de la cabina. Aspire profundamente y pase un feliz día, señora Fussy. Igualmente, pequeño Fufú.

–Gracias, B3X, eres el único que me comprende.–¡Guau!

Placer y castigo

Nara y Nina caminaban hacia el trabajo un lunes por la mañana. Nina respiraba profundamente captando los aromas del nuevo día. Contemplaba el cielo, pronosticando la intensidad del brillo de un sol de mediodía que no llegaría a ver. Dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas que le alegraran el día antes de llegar a la oficina. Nara mantenía el semblante rígido.
-Estoy profundamente decepcionada.  Dijiste que no lo volverías a hacer –reprochó Nara.

-Lo sé, no he podido evitarlo, es más fuerte que yo. Lo siento. Perdóname.

-No puedo perdonarte. Ya no lo aguanto más. Eres un ser pusilánime y veleidoso incapaz de cumplir sus promesas. ¿No te das cuenta de las consecuencias de tu proceder?

-¡Ayúdame! O si prefieres, podemos buscar ayuda de algún profesional.

-Ésta era tu última oportunidad. En cuatro años no has sido capaz de superarlo.

-Yo lo intento con todas mis fuerzas, pero cuando me invade la angustia no puedo hacer otra cosa.

-Me tienes a mí en esos momentos, no me anules, sigue mi ejemplo.

-No puedo. Yo no soy como tú y sin embargo, estoy viviendo tu vida y no la mía. ¿Sabes? Creo que esa es la causa de mi problema.
 -¿Pero cómo puedes decir eso? Eres una egoísta, todo lo que tienes es gracias a mí.

-Sí, pero no soy feliz. Yo no te pedí ser una ejecutiva, ni tener la mejor casa ni el mejor coche. Yo no te pedí vivir siempre a la carrera y esclava de la agenda. Yo quería vivir de otra manera.
-Tú no sabes lo que quieres.

***

-¡Buenos días! ¿Qué tal el fin de semana? –dijo Nara en voz alta para que le oyesen todos.
-Buenos días –contestó la auxiliar.
-Muy bien, ha hecho un tiempo estupendo –respondió Luisa.
-Se ha pasado muy rápido –añadió Juanjo.
Nara saludó a todo el equipo, entró en su despacho, se acomodó en su sillón y puso en marcha el ordenador para revisar la agenda.  En menos de dos minutos estaba profundamente concentrada en su trabajo. Sin embargo, algo extraño revoloteaba en la boca de su estómago persistiendo hasta el incordio. Presintió la desesperación de Nina. Prestó atención y una terrible y definitiva idea ascendió hasta su consciencia. Sin pensárselo dos veces, la asumió con toda frialdad.
-¡Hasta mañana, Noelia! –se despidió de  la señora de la limpieza después de una larga y agitada jornada de trabajo.
***

-Hola Nina, ¿ya estás aquí? –preguntó Nara mientras cerraba la puerta de casa.
-¿Preferirías que no estuviese, verdad?
-Aunque no lo creas, yo sólo quiero que te sientas bien. Por tu bien y por el mío.
-Vale, voy a preparar la cena.
-No, espera. No entres en la cocina. Siéntate. Tenemos que hablar.
-Fatídica frase.
-Tu obsesión puede llevarte a una enfermedad grave y estás poniendo en riesgo mi vida, y todo por lo que luchado y trabajado. Tampoco estoy dispuesta a que hables de esto con nadie, me moriría de vergüenza. Hemos de resolverlo juntas o acabar con nuestra relación.
-¿Acabar con nuestra relación? ¿Qué quieres decir? ¿Te has vuelto loca?
-No, sólo estoy agotada y no puedo más. Y tú empiezas a ser una pesada carga.
-¡Muy amable, gracias! Pero sin mí, tu vida sería pura tristeza.
-Quizás, pero también sería orden, sosiego, seguridad. Recuperar la autoestima.
-Trabajo y más trabajo, y envejecer en soledad. Ni todas las mascotas juntas llenarían tu vacío.  ¿Quieres acabar como la loca de los gatos?
-No grites. Hagamos la cena mientras charlamos.
-¡Qué bien! He comprado unas gambas fresquísimas, y con la crema de bogavante que nos sobró ayer haremos un exquisito menú. Me encanta que hagamos cosas juntas. Abriré un vino blanco.
-No te lances, que te conozco.
-Sólo una copa.
-Caerá la botella. No empieces. Te lo advierto.
-Hoy no he comido chocolate en todo el día. Me lo he reservado para después de cenar. Bueno, tengo unas trufas en el congelador. Esta noche vamos a disfrutar. Estoy contenta. No estés tan seria. Me curaré.
-No, no te curarás. Llevas 10 minutos en la cocina y ya te has tomado dos copas de vino, una bolsa de picatostes y una lata de berberechos. Crees que no te veo mientras vacío el lavaplatos.
-A menudo me siento sola, fuera de lugar. No encuentro mi sitio. Y ahora que me siento feliz por estar aquí contigo sólo quiero celebrarlo.
-Deja de beber, por favor, espera a que lleguemos a la mesa.
-¿Y qué más da? ¡Ay! ¡Cuidado! ¿Te has cortado?
-No, sólo se ha roto el plato. Me estás poniendo muy nerviosa.

-Toma un trago.

-Tenías razón, las gambas estaban fantásticas –reconoció Nara después de cenar-. Creo que he bebido demasiado. Voy a ver la tele.
Minutos más tarde, Nara, muy enfadada, recriminó:

-¿Ya estás vomitando?  No me extraña, has acabado con la caja de trufas y el bote de barquillos.
-¡Uf! ¡Qué mal rato! –exclamó Nina con la cara roja y los ojos brillantes.
-Cada noche la misma escena. ¿Cuánto crees que podrá aguantar tu estómago?

-No lo sé.
-¿Estás llorando?
-Sí, te he vuelto a fallar.

-No llores, no llores, por favor. Vamos a darnos un baño relajante antes de dormir.

Nara se sumergió en la bañera, acariciando todo los rincones de su cuerpo con la esponja, y con el afilado cúter que había cogido del escritorio, dibujó dos profundas rayas en cada una de sus muñecas. Así, lentamente, Nina y ella se diluyeron en el agua.