caminamos

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caminamos en la cuerda floja
no es un deseo
sino una necesidad
la necesidad de atravesar el vacío del día a día
para alcanzar la plenitud del espíritu
silenciar al ego y dejarnos mecer por el viento

caminamos con el precipicio bajo nuestros pies
nadie nos acompaña
sólo unos pocos nos atrevemos a traspasar
la nube oscura que envuelve la realidad
a mirar más allá de los reflejos de la caverna
buscando la poesía que la rutina desplomó

caminamos por eso
no paramos de caminar
sorteando las piedras que lanzan a nuestro paso
sufriendo la intemperie y el desamor

caminamos seguros de encontrarnos
tarde o temprano
reconocernos y abrazarnos

caminamos cada uno por su lado
pero podemos darnos la mano
mirarnos a los ojos y saltar al vacío
sabiendo que en ese salto de fe
la distancia será más corta si nos apoyamos

caminemos a través del arte
de la naturaleza
del sentimiento íntimo y del amor
recuperemos el elixir de la rima
y las notas musicales que un día alguien silenció

anímate amado amigo
desde el otro lado del abismo
te tiendo mi mano
y te abro mi corazón

Los buenos y los malos

Max y yo jugábamos juntos desde que tuvimos edad para hacerlo. En aquella época, mis juguetes consistían en alguna muñeca rígida con pelo de estropajo, a la que siempre se le salía el brazo o la pierna de su sitio; bastantes cuentos, porque ya mostraba indicios de mi futura adicción a la lectura; algunos cacharritos de cocina, para jugar a papás y a mamás; y varios instrumentos de botiquín, para jugar a médicos y enfermeras. Éstos últimos eran juguetes que no me hacían especial ilusión, excepto una nevera con luz que me regaló el novio de mi hermana cuando tuve el sarampión. Era más moderna que la que había en mi casa, que aún funcionaba con hielo.

Con quien yo pasaba más horas jugando, era con Max, y él sí tenía ese juguete fantástico que a mí nunca me traerían los Reyes Magos por ser una niña: un fuerte de madera, con indios y americanos. Llamábamos americanos a los vaqueros, a los pistoleros y a los soldados. Y a los indios, sólo indios, porque en esa época no sabíamos que también eran americanos.

El fuerte de madera era, además de una fortaleza, un pueblo, una gran casa donde vivían los buenos, protegidos de los malos por los soldados del 7º de caballería. Tampoco supimos nunca si hubo un 5º o un 6º, pero el 7º era lo más.

Tanto los vaqueros, pistoleros, soldados e indios, a pie y a caballo, eran pequeños muñecos de plástico, de un solo color, que vendían en sobres de 10, y que venían enganchados unos con otros.

lote_31416_2En el pasillo de su casa recreábamos el oeste americano, ayudándonos de otros enseres de la estancia, si la película de ese día lo requería. Y en el centro de todo el decorado, resplandecía el fuerte. Max era el único niño del barrio que tenía uno así, por eso nunca lo sacaba a la calle, para que no se lo quitasen.

Colocados todos los personajes en su puesto, empezábamos a jugar “a buenos y a malos”. Él siempre luchaba con los buenos, que para eso el fuerte era suyo, y además tenía una estrella de sheriff.  Y yo, atacaba con los malos, que claro, como eran malos, siempre morían o se tenían que rendir cuando ya habían perdido hasta los caballos.

Habían unos indios particularmente feos con un hacha en la mano, bastantes inútiles, dado que ya sabíamos cuál iba a ser su final. Pero yo aprovechaba que eran pocos y muy malos para pelear encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, y conseguir que durase más rato la contienda antes de nos matasen de un tiro, porque ellos, como eran buenos, tenían rifles y pistolas.

A veces yo protestaba, porque también quería ser de los buenos, y es que para ellos siempre había un final feliz, además de disfrutar de avanzados recursos defensivos. En cambio mis indios, eran malos y tontos, porque no tenían más objetivo que asaltar el fuerte con sus primitivas hachas y flechas, y matar a los muñecos de mi amigo, para después morir, que es lo que se merecían por ser malos. Aunque confieso que siempre mantuve la esperanza de que alguna vez ganasen.

Sigo adorando las películas del oeste, aunque con los años preferí la sabiduría de Toro Sentado, y sobre todo, sus pipas de la paz. En cambio, mi amigo nunca llegó a fumar. Y es que los malos no suelen dar buenos ejemplos. O viceversa.

Es un hecho

via-treb

Te echo de menos
Aunque no soportemos vivir juntos
Te empiezo a echar de menos
Cuando sé que te has de marchar
No sé qué extraño hilo ata nuestras vidas
Rígido para mantenernos a distancia
Resistente para impedir que nos soltemos
Algo en tu aura me vuelve adicta
Adicta a tus besos
Adicta a tus abrazos
Adicta a mirarte cuando no me ves
Anhelo tu presencia
Cuando no estás
Te echo de menos

Acaso fue la tarde

fotolia_128430240-2Un día más, Laura llegaba a casa con esa pesada sensación de nostalgia en el estómago.

El color violeta de la tarde evocaba aquellos alegres días en los que acaba la jornada impaciente por volver a casa.

Atravesó el umbral de su puerta, lanzó el portafolio sobre la mesa y los tacones al aire. Descorchó un Cabernet Sauvignon y, tras saborear el primer trago, se desplomó en el sillón.

Entornó los ojos y escuchó la dulce voz de Ella Fitzgerald susurrando “I’m beginning to see the light”, y entonces llegaron ellos,  los olvidados anhelos. Las suaves caricias en el cuello, el pelo lentamente enmarañado, las mejillas tibias y las cosquillas bajo la nariz. Sintió el profundo abrazo de su amado ausente, ahora cercano. Poseída por el azul de sus ojos y el brillo de su sonrisa, imaginó que le besaba, cuando una lengua áspera y seca le rascó los labios, devolviéndole de golpe a su sillón.

Con el felino en su regazo, Laura bebió y olvidó.

23

Un 23 de julio me desperté en los brazos de la muerte. Ya debía haber cubierto el cupo del día, así que me lanzó al vacío. Me dejó con todos los huesos rotos, y se llevó mi inocencia.

Volví a cruzarme con ella un 23 de febrero. Fue mi coche el que se precipitó por el barranco, mientras yo me lanzaba al asfalto antes de la caída. Pasó de largo ante mí y, mirándome de reojo, me dedicó media sonrisa.

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Desde entonces, en mi intento de evitar hacer realidad el dicho de “a la tercera va la vencida”, todos los días 23 de cada mes me encerraba en casa. Al principio pasaba largas horas en la cama, imaginando todo tipo de peligros de los cuales debía protegerme,  pero con los años fui dedicándome a esas actividades hogareñas para las que nunca tienes tiempo. En verano, hasta me atrevía a organizar alguna que otra fiesta con los amigos.

El pasado 13 de octubre  una complicación inesperada retrasó mi salida de la oficina, eran circunstancias que se producían de tanto en tanto, pero no revestían importancia alguna. Resuelta la incidencia, y de buen humor, me marché a casa. El cielo tenía un embriagador color violeta, y el aire, más ligero que nunca, me confería esa placentera sensación de velocidad de crucero. Llegué tranquilamente a la puerta de casa, aparqué la moto, y al darme la vuelta comprobé que mi cuerpo no me había acompañado. Tardé sólo unos segundos en hacer la cuenta.

 

La afición de Marta

Elegant lady in evening dressNo había ninguna razón para creer que este marido iba a ser mejor que los anteriores, pensaba Marta mientras fregaba escrupulosamente los platos en los cuales había servido a Raúl su última cena.

Se sentía feliz. “El negro te sienta fenomenal, realza tu figura, y, cuando rematas el conjunto con las perlas que te dejó la abuela, consigues tener ese aire etéreo y elegante que te hace irresistible”, se oía en el altavoz de sus pensamientos.

Como las veces anteriores, Marta estaba segura de haber hecho un buen trabajo.

Hoy

ad157e2afff0b6cd13e1582d4abbe29aHoy ha amanecido un maravilloso día de enero
Los árboles lucen exultantes su esqueleto
Y el cielo es de un bonito azul claro
Salpicado por sinuosas borlas de algodón brillante
Lo miro y siento nostalgia de su abrazo
Del abrazo del mar
Del abrazo de las montañas
De un abrazo de amor
Hoy estoy especialmente cansada
Cansada de lo que es inherente a mi vida
El trabajo
Crecí trabajando
Maduré trabajando
Escapé de mis tragedias trabajando
Y envejezco trabajando
Más duramente que nunca
Ojalá pueda descansar

Los días de cada día

calleregresar a casa
en la tarde gris y marrón
con el cuerpo agotado
y los sueños aún más
después del día a día
y del duro trabajo

la pluma me llama
con susurro apagado
la hoja en blanco
aparece en el portal
al llegar a casa
y estar a salvo

escribo
por fin respiro
desolación, sinsentido
vaso de leche y cacao
calor y mimos
los ausentes, los ansiados
continuar sin descanso

¡que se apague el día!
¡que amanezca la noche!
es la lidia en la tarde
de los días de cada día